martes, 8 de agosto de 2017

Vientos de agosto





El lucero de la tarde cuelga a poca altura … El perro de cabeza de hidra ladra con todas sus bocas … Me gustaría besarla dos o tres veces pero este tipo de besos se reserva a las diosas … Bajo el corazón, en el fondo de la garganta, una simple sombra o un crujido en la cortina o el aliento en el cristal de la ventana … algo … aunque sea mentira … que detenga ese dolor, que detenga ese ir y venir … Me gustaría ahogarme de dolor pero en lugar de eso doy luz a una roca.

- Henry Miller


Hace noches que tengo el mismo sueño.
Hace noches que sueño que recorro largas avenidas y lo hago de espaldas,
como si el simple hecho de echarme a andar representase el ingrato arte de jugar a hacerme la viva.
Desde entonces los días del mes se miden en domingos, domingos cargados de restos de otros miedos, cuando los domingos todavía no me daban miedo.
La culpa de todo esto la tienen los vientos de agosto, de eso estoy segura.
La sensación se perfila con precisión en el límite de las playas, en el límite de las presas,  en el límite de los barrancos.
Antes solía ser mucho más fácil soñar, mucho más fácil hablarte 
Ahora me he acostumbrado a levantar los pies del suelo, a la sombra de los volcanes.
Lo cierto es que esta brisa sofocante, haya sido avivada entre laurisilvas o entre oleajes, comienza a resultarme insuficiente, diría incluso que me aburre.
La soledad se puede tocar, la soledad se palpa en el aire.
Aquí tan solo hay ráfagas que invitan a inaugurar crematorios y hogueras, gargantas castigadas por la sal, fuego azul en la lengua…
A veces siento que la vida es eso, ¿sabes?
A veces siento que la vida es ese túnel poco transitado, que no hay personas sino manchas, seres borrosos, seres que son seres sin rostro.
Hay luces que no son luces sino manchas, hay manchas en el cristal de esta vida. 
La ciudad no ha cambiado casi nada.
La ciudad sigue estando en el mismo sitio, incluso después de que desearas que fuera yo la que hubiera quedado reducida a cenizas.
Desde aquí puedo construir recuerdos sin apenas esfuerzo, como el que camina sobre ruinas perfectas por la única y paradójica razón de que por fin ha llegado la paz.
Pero ha llegado a un hogar que hace mucho perdió el nombre. 
Pensarte es el peor de los malos hábitos, pensarte es una necesidad casi destructiva.
Después de todo, la renuncia siempre se pareció demasiado a una paz sin patria ni bandera. 
Después de ti, son los animales los que se aman y los humanos los que hacen la guerra.
El sueño se devora a sí mismo, se desintegra.
Hace noches que tengo el mismo sueño, lo único que no he olvidado es cómo se rompió
Te evaporas con los alisios, con las borrascas grises del trópico, con el polvo en suspensión que arranca pedazos del desierto…
Incluso entonces pensaba que los vientos de agosto harían que me encontrases, que regresarías a mí través de un camino de sudor y redención, que tal vez su aliento me empujaría a mí hasta las orillas de tu puerta
Es curiosa la forma en la que algunas personas se te adhieren al cuerpo, como una enfermedad que llevas ente los dientes cuando sonríes para disimular que el pronóstico de curación es reservado
Así que mantienes las piernas y la boca cerradas, te coses los labios con el hilo invisible de la memoria, sellas tu pecho como una tumba, que nadie se de cuenta que alguien da golpes para salir. 
Hace noches que tengo el mismo sueño, pero en mi sueño ya no existes y después de esta noche solo quedarán treinta y ocho días para que se me muera este verano.
Se irá apagando como tú, lo que va quedando de mí, de este sueño, de este verano,
se apagará sin hacer ruido, se apagará desde lejos,
como el perro que ya no ladra, como el viento que hace de tripas corazón, como estos malditos vientos, como los vientos que ya no calientan por dentro

Primeras voluntades




Déjame sentir la punta de tus dedos otra vez sobre mi espalda, empujándome, cuando todo esté oscuro, cuando todo esté perdido.

—  Roberto Bolaño


***


Supongo que lo único que intento decirte es que,
si el futuro se vuelve de color rojo y el cielo un hervidero,
si la luna llena nos diagnostica nuevas neurosis,
si el tic-tac del mundo se para en seco, si la vida deja de darle cuerda a los relojes,
si la vida deja de dar las vueltas necesarias para que la muerte no sea un juego de niños,
si algún día alguien vuelve a romperme el corazón tan fuerte, que recuerde lo que era sentirlo,
si ese día dejo de temerle a los precipicios y a que los océanos helados cubran esta ciudad y no me lleven a mí,
si tengo que tapar mi propia vergüenza en las noches de verano, si me quema el asfalto en pleno invierno,
si mi cuerpo enferma mañana y ya no puedo besar tus costillas, si nunca más vuelvo a verte,
me gustaría que mis poemas te los quedases tú, que olvidases tanta lágrima, tanta culpa, tanta sangre como manchas de aceite salpicadas por encima de la tinta,
que mis huellas las guardases para ti, que las guardases en el hueco en donde iba el amor, que las guardases detrás de tus ojos,
sobre mis pechos,
dentro de mi matriz.
Solo eso.



miércoles, 2 de agosto de 2017

Atlántico



El mar se te mete bajo la piel. 

Es asombroso lo fácil que un cuerpo puede llegar a hundirse. A veces creemos caminar sobre las aguas, luchamos, arañamos la superficie, pero finalmente nos rendimos, olvidamos incluso que un día respiramos en tierra firme. 

Los silencios de la noche se condensaron al alba. El amanecer de hoy se pareció demasiado al de ayer, un amanecer limpio y brillante en el que las gaviotas invadían la playa mientras que el salitre comenzaba a penetrar con argucia en las casas de los alrededores del puerto. Aún es pronto, al menos ahora se puede saborear aire fresco, zafarse del aroma de las algas y del alquitrán que luego impregnará estas calles, cuando la tarde se recoja. 

El día ha ido avanzando conforme a la exigencia de los relojes, quedando envuelto en una atmósfera azul añil. Tengo el estómago vacío, probablemente un poco de fiebre. Observo el mar desde una distancia prudente. La corriente discurre con violencia, el viento alborota mi cabello, remueve la finísima arena confiriéndole el aspecto etéreo del marfil. Escucho voces, risas de niños, deben estar cerca pero mi vista no les alcanza. 

Desde que estoy aquí, el mar cuida mis pasos y vela mis sueños, me ofrece su dócil arrullo y una impasible morada de carne, huesos, cartílagos, como si de pronto hubieras vuelto a nadar a través de mis venas, a nadar a través de mi sangre. 

Hoy el mar burbujea dentro de mí. 

En una ocasión visité el Mar Muerto. Era muy joven todavía y no pensaba en el futuro. Por aquel entonces no logré comprender la atribución de ese calificativo a una naturaleza tan despierta, incandescente en la lengua, pero que no poseía la fuerza suficiente para tragarte vivo. Antes me preguntaba cómo podía estar muerto un paraje en donde parecía imposible ahogarse de dolor. 

Con los años aprendí, sin embargo, a moverme en aguas bravas y desconocidas y que en algún lugar las heces, la basura y los espermatozoides se encuentran y fluyen hasta el mar. Lejos de los placeres, lejos de civilizaciones míticas que según las historias infantiles yacerían sumergidas. 

Mi matriz se ha marchitado como un higo seco. Soporta inmóvil el azote del viento y las consecuencias desoladoras de la erosión, tan solo es una masa rocosa en medio del océano. Mi vientre es un vientre de sombras. No permite que la luz pase a través de estas manos. Diría que me falta calor, que quizás necesito equilibrio.

Sigo postrada ante el mar, descalza. Sé que hoy el mar también te hablaría. Hoy hubieras cumplido un año. Si tú hubieras nacido, pequeño, te habría llevado de la mano hasta la orilla. 

Hoy por fin la marea estaría en calma. 

miércoles, 26 de julio de 2017

CAÍDA, anatomía de un corazón kamikaze (ebook)






Descripción


Conjunto de relatos que ofrecen una mirada particular y visceral hacia las realidades del amor y del desamor. Una historia construida por medio de descripciones crudas, diálogos lacerantes y obsesivos monólogos interiores con continuas reminiscencias a la infancia y a la temprana juventud del narrador. Una historia cuyo nexo común es el deseo de autoconocimiento a través de experiencias interpersonales, el deseo de una generación tan llena de triunfos como de desesperanza. Esta no es una historia de (des)amor. Esta es una historia de una generación que no sabe cómo usar el corazón.



BOOKTRAILER

video


¿Sabes que en el momento de la muerte un cuerpo pierde 21 gramos? 

Algunos piensan que lo que se pierde al morir es el alma. Que el alma pesa exactamente 21 gramos. Pero, ¿cuánto pesa un corazón joven como este al separarse de otro cuerpo? Un corazón (in)humano no es más que una masa muscular recubierta de sangre. No pesa nada. No es más que una imagen sórdida. No es más que una imagen desagradable. 


Un corazón como este es una pluma de ave blanca que cae desde el quinto piso. Un diente de león deshaciéndose al viento. Un recipiente cerrado de nitrógeno líquido. Un corazón como este, enfermizo, cuando se parte por la mitad, tiene la extraordinaria propiedad de la invisibilidad. 

[extracto del libro]



miércoles, 21 de junio de 2017

Las horas después de la fiesta parte IV







''El número al que llama no existe’’


***

El planeta del que llamas debe estar fuera del Sistema Solar…. Un planeta en el que siempre estamos girando alrededor de nosotros mismos, un planeta en el que no podemos volvernos a tocar. Tengo la sensación de que estás todo lo lejos que alguien puede estar cuando ese alguien se ausenta. No me atribuyas intenciones mezquinas, yo tampoco soy de piedra. Me alegra saber que aún respiras y que ya no hablas de dolor sino de inercia. Supongo que ahora eres tú la que sabe, que ese aburrimiento y ese asco que sientes es compartido. Que a mí también me pesar respirar y respirar me pesa mucho más de lo que te imaginas.

Dices que estás viviendo en el planeta equivocado, pero quizás el que está viviendo ahí soy yo y hasta ahora no me había dado cuenta. Y es que, si te digo verdad, desde que me fui de tu lado, en vez de a un planeta, esto se le parece mucho más a un agujero negro. Revisar mi buzón de voz y encontrar ahí la tuya ha sido algo demasiado parecido. Algo que tiene tu misma intensidad. Algo que pasa de largo y lo absorbe todo con infinita crueldad.

Por si te interesa saberlo, la cara que he puesto al escuchar tu mensaje es la misma que puse la última vez que te vi. Y no, no es de sorpresa. Es de puro vacío y resignación. Yo también he bebido más de la cuenta y no es ninguna novedad que a las 6 y media de la mañana te me aparezcas sin que te me aparezcas de verdad.  

Te preguntarás por qué te he respondido, verás, el caso es que yo tampoco lo sé… El caso es que sé que debería haber hecho muchas cosas que no hice.

Al menos en algo estamos de acuerdo. Yo cuando más me siento como algo que una vez estuvo dentro de ti, es cuando está terminando una fiesta. Es algo extraño porque durante la fiesta nunca pienso en ti, hasta que la música deja de sonar tu recuerdo no me molesta. El camino de regreso a casa ya es otra historia. A ti aquí tampoco te conocen ni árboles, ni las plazas, ni las fuentes, pero los ruidos de mi alrededor son más acojonantes que el silencio.

Te preguntarás por qué te he respondido. Supongo que te he respondido porque aunque el tuyo esté roto, tienes un hogar. Y yo en este mundo no tengo un lugar favorito ni refugio. 

Me gustaría poder decir que me dejé la piel en la tuya y que me equivoqué. Pero lo más absurdo que he hecho durante este tiempo ha sido no hacer absolutamente nada. No echarle huevos, no mover un puto dedo. Tal vez esto será a ti a la que le sonará a locura, pero créeme, eso es mucho peor que haber cometido cualquiera de los innumerables errores que tú cometiste conmigo. Entre nosotros la felicidad si era una elección y cualquier castigo nunca fue suficiente. No deberías castigarte más. Al final tú has sobrevivido y sobrevivirás siempre a las heridas y a los golpes. Soy yo el que se ha quedado entero y solo. Y ahora, dime, ¿de qué me sirve eso?

Estoy parado en un descampado de camino a casa. No hay flores amarillas y encima de mí el cielo no se ha vuelto de color naranja, sino rojo. Te describiría con palabras lo que me queda de ese futuro con el que soñabas, cuando soñabas con estar aquí, pero a ti siempre se te dio mejor hablar de imposibles.

¿Dónde estarás tú esta noche?

Aquí no hay rastro de tu mar y menos mal porque de haberlo, de seguro que me ahogaría. Hoy he pensado en lo mucho que extrañabas el mar y en lo poco que entendía que intentaras escucharlo apoyando tu cabeza en mi pecho. Tú siempre fuiste una buena nadadora. Eras la más rápida y la más fuerte. Pero me asustaba lo profundo que podías llegar a hundirte a veces. Supongo que entonces nadabas por los dos y que yo era el peso muerto de la relación, el que sentía el agua al cuello.

Ha amanecido hace ya rato. Este no es un amanecer de película, pero al menos no es tan triste como el tuyo. Al menos mis ojos siguen estando en el mismo sitio, mirando cualquier cosa con tal de no mirar a nadie como te miraba a ti. Pero no he llorado ni esta noche ni nunca. Supongo que esta es la única promesa que cumplí. Aquí el cielo tampoco hace más promesas, pero sí se pregunta dónde estarás ahora. Donde quiera que estés, sigo confundiendo los efectos del alcohol con mi amor por otras mujeres y la distancia de la que hablas incluso se queda corta.

Te preguntarás por qué te he contestado, por qué te he contestado precisamente yo, que me empeño por llamar al presente con un nombre con el que el pasado parece que nunca existió

A veces el presente tiene muchos nombres. A veces se llama Ana, Cristina, Raquel o Julia. Tiene muchos nombres y no me importa qué día de la semana sea, que venga cuando la llamo depende solo de mi orgullo. A nosotros siempre nos ha resultado demasiado fácil reconocemos en cualquiera. A ti tampoco se te parece nada. No tiene ni tu pelo, ni tu sensibilidad, ni tu risa. Quizás lo habrás adivinado. Pero en mi caso no se queda a pasar los domingos, en muchas ocasiones me falta calor y el el sexo no es lo mismo, nunca es lo mismo.

Lo que sé bien es que te amé mucho y mal y que por primera vez ya no prefiero lo contrario al amor. Lo contrario al amor no es el odio o la indiferencia, lo contrario al amor es el miedo. Y con miedo no se puede vivir. Aquí también se hace de día. Debo colgar, hacer lo que tú. Irme a casa a olvidar y a dormir. Aquí también se ha hecho de día y en este día no hay palabras perfectas para despedirse.

Donde quiera que estés, dos veces adiós. No me desees suerte, un día la tuve y la perdí.

domingo, 18 de junio de 2017

Las horas después de la fiesta, parte III



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’Él número al que llama no está disponible en este momento, por favor, deje su mensaje después de la señal’’

***

Tengo la sensación de que te estoy llamando desde otro planeta... Desde que no contestas tengo la sensación de que estoy viviendo en el planeta equivocado. Un planeta en el que siempre estás comunicando, un planeta en el que siempre salta el buzón de voz. Extraño tu voz cada vez que respiro y respiro todo el tiempo. Seguramente reconocerás mi voz en seguida. Seguramente al escuchar la primera palabra sabrás que soy yo, maldecirás entre dientes e identificarás al momento ese acento familiar que antes te dolía tanto en el pecho.

No sé qué cara pondrás al escuchar este mensaje, no sé qué cara hay que poner cuando es el pasado el que te llama sin previo aviso, después de haber bebido más de la cuenta y a eso de las 6 y media de la mañana. Supongo que te extrañará saber que sigo respirando. La verdad es que, a mí, después de todo, también me sorprende. Pero como ves, respiro. Respiro y respiro todo el tiempo, pero lo hago por inercia, por asco y por aburrimiento.  

Te preguntarás por qué te he llamado, verás, el caso es que ni siquiera yo lo sé… El caso es que siempre me siento así a esta hora.

Cuando más me siento como algo que una vez fue parte de ti, es cuando regreso a casa después de una fiesta. Hoy no he ido directamente a casa. Necesitaba pasar primero por la playa. Necesitaba pasar primero por la playa porque siento que esta persona que soy ahora, ya no soy yo. Siento que estoy fingiendo con todos y todo el tiempo. Hoy ha sido una de esas noches en las que no me ha faltado de nada, pero en la que me faltabas tú. Una de esas noches en las que me han sobrado cumplidos y hasta los tacones y el maquillaje. Me imagino que todo esto te parecerá una locura, ¿no? Siempre te lo parecía…

Te preguntarás por qué te he llamado. Quizás te he llamado porque he venido a esta playa y porque esta playa es mi lugar favorito del mundo.

Me he sentado en la arena a observar el mar. Sé que hay mucha gente que lo piensa, pero yo nunca he pensado que el mar esté sobrevalorado. De noche es cuando más me gusta. Me gusta su profundidad y la forma en la que la espuma del oleaje se pierde contra las rocas. Algo así como la tormenta y la calma que viene después.  Algo así como esa sensación. Hay en ello cierta rabia y melancolía que me recuerda demasiado que esta ciudad y que esta playa, no te conocen. Algo así. Solo que aquí todavía no ha llegado la calma.

Lo más absurdo que he hecho durante este tiempo es volver a reproducir los últimos audios que me enviaste. Es irónico, porque antes me ponían enferma muchas de las cosas que decías. Antes me ponía enferma al escuchar tus contantes enfados, tus celos irracionales, tus reproches. Ahora, con tal de escucharte una vez más, soy como un niño sujetando una caracola contra su oreja, esperando que algo o alguien responda desde el otro lado.

Es evidente que me estoy castigando por no castigarte a ti y ahora lo sabes. Ahora sabes que lo más triste que he hecho durante este tiempo, es preferir un insulto antes que un silencio. Supongo que esto me pasa por masoquista emocional, tú mismo me lo decías. Que mi dolor era algo autoimpuesto, algo que estaba en mi mano cambiar, que la felicidad era una elección personal. Y me lo decías tú, el que al final me enseñó que hay cosas que duelen mucho más que una hostia en la cara. Supongo que a veces tenías razón y que mi problema es que encuentro algún tipo de placer al sentirme herida. Puede ser... Supongo que el golpe que recibí cuando te fuiste no me pareció suficiente. Aquel golpe fue el detonante y por eso desde entonces he necesitado más y más y más. Hoy he pedido más. Hoy este vacío que acompaña a la humillación sigue sin parecerme suficiente.

Sigo sentada frente al mar. Pronto amanecerá. El de hoy será un amanecer increíble, como aquellos que te describía y que soñabas con poder ver algún día conmigo, sentados en la arena, justo desde aquí. Ahora estoy sola y creo que los efectos del alcohol y mi amor por ti empiezan a desvanecerse. No sé a donde van a irse. Me da pena, ¿sabes por qué? Porque el cielo se abre como si existiera una oportunidad para empezar de nuevo, una oportunidad para todos, pero es mentira. De verdad, si pudieras ver lo hermoso que es este amanecer… sé que tú también llorarías.

¿Dónde estarás tú esta noche?

Me pregunto dónde estarás ahora. Donde quiera que estés, supongo que aquí sigue siendo una hora menos y que entre nosotros la distancia que existe es una distancia de años luz. Y que eso va a ser así para siempre. Donde tú vives no hay mar, así que no sé qué estarás mirando. Tal vez un campo de flores amarillas, tal vez una calle desierta después de una fiesta, tal vez el cielo volviéndose naranja, tal vez tus ojos en otros ojos. Supongo que no lo sabré nunca. 

Antes solía imaginar tu mundo de esa forma. Pero no sé qué ruidos hay alrededor de tu mundo ahora mismo. Aquí lo único que se escucha es el sonido de la marea. El resto es silencio y el silencio no hace ningún ruido, puedes imaginártelo, pero hoy el silencio es tan grande que da miedo. Así se sentía nuestra relación, ¿sabes? Como cuando sube y cuando baja la marea. Siempre había algo que buscaba anclarse a la orilla y que terminaba borrándose.

Te preguntarás por qué te he llamado, por qué te he llamado precisamente yo, que mi nombre es el nombre que tú, en tu presente, le has dado al pasado.

A veces el presente tiene muchos nombres. A veces se llama Alejandro o Carlos o Hugo o Jorge… Tiene muchos nombres, depende de si le llamo un jueves, un viernes o un sábado por la noche. Siempre viene cuando le llamo. Pero nunca se llama amor. Nunca tiene tu nombre. Últimamente se ha quedado por aquí a pasar los domingos, se despierta y desayuna conmigo. No se parece en nada a ti y eso es lo mejor que me podría haber pasado y al mismo tiempo lo más terrible. Pero a veces he creído reconocerte en él, no lo sé. Quizás solo en un gesto, quizás solo en un abrazo. Apareces sobre todo ahí, en el calor de después del sexo y en esos abrazos que se dan por espalda.

Lo que sé bien es que no amaré de nuevo, porque no quiero, ni puedo. Prefiero el mar. El mar no pide permiso y tampoco pide disculpas. El mar no se va, aunque seas tú el que te vayas y regreses después de cien años de soledad, el mar siempre estará siempre en el mismo sitio. El mar estará siempre esperando a que se haga de día, como hoy. Se ha hecho de día, debo colgar e irme a casa a olvidar y a dormir. Suficiente mar por hoy. Sabes, el mar contiene esas palabras perfectas para despedirse. Esas palabras que pocas veces se utilizan para despedirse cuando despedirse es para siempre.

Donde quiera que estés, adiós. Y suerte, por si algún día me necesitas.

miércoles, 14 de junio de 2017

La pecera




''Benditos sean los olvidadizos pues superan incluso sus propios errores''

-Eterno resplandor de una mente sin recuerdos  



***


''Jouska: una conversación hipotética que surge compulsivamente una y otra vez en tu cabeza'' 





- Me gustaría contarte una historia 

- ¿Qué tipo de historia?

- No es una historia fácil de contar. Es el tipo de historia que normalmente suelo escribir

- Me encantaría escucharla, las historias que escribes son las historias que más me gustan

- Verás, esta es una historia sobre dos personas. Esta es una historia sobre dos personas que se inventaron un mundo nuevo que era solo para ellos y lo inventaron dentro de una casa. La casa no tenía más de cincuenta metros cuadrados. Era una casa muy cálida para el invierno. Tenían mantas de sobra y siempre había comida al fuego. Fumaban mucho. Bebían mucho. Follaban de día y de noche. Follaban todo el tiempo y luego se quedaban dormidos y luego todo era fácil. Y luego todo era tan fácil, que hasta las cosas más pequeñas y rutinarias parecían una aventura. Las cosas más normales que te puedas imaginar, era como si lo estuvieran viviendo todo por primera vez. Cosas como poner una lavadora, planear viajes, darse las gracias o desayunar espinacas cada mañana.

- ¿Cómo eran ellos? Quiero imaginarme cómo eran 

- Eran felices. Eran muy felices. Él era guapísimo e inquieto, se le notaba sobre todo en las manos y en los ojos, sudaba mucho y le costaba mantener el contacto visual con ella porque se sentía intimidado. A veces tenía un carácter de mierda, pero a ella que encantaba que tuviese tanta sangre en las venas, la forma en la que se revelaba, así le recordaba la parte no dolorosa de lo que era sentirse viva... Ella era preciosa y muy inteligente, él se lo decía siempre. Le decía que era demasiado preciosa e inteligente para su propio bien. Tenía unas manías un poco extrañas, unas manías que a él le hacían mucha gracia. A él le gustaba su intensidad, la pasión que le ponía a todo lo que hacía. ‘’Sabes hacer de todo y lo haces todo bien’’, eso le decía. Le gustaba que hablase todo el rato sin parar y que tuviera una respuesta para cualquier tema de conversación. Podían pasarse horas desnudos. Podían pasarse horas hablando. Afuera podía salir el sol, podía llover o nevar, pero la casa era un refugio.

- Él la quería, ¿verdad?

 - Sí, claro que la quería. Él estaba muy enamorado de ella.  La amaba con esa clase de amor que no se ve por la calle. La amaba con esa clase de amor que ni siquiera existe en los libros o en las películas. Él estaba loco por ella, sabes. Hacía cualquier cosa por ella. Incluso una noche, le prometió que la querría siempre. Se lo prometió a viva voz y luego, un poco más tarde, se lo prometió debajo de las sábanas, temblando, como si fuera un crío escondiéndose del hombre del saco. Y después de eso ella no pudo dormir en toda la noche, porque no sabía qué hacer con tanta felicidad.  

- Cuéntame más. Suena maravilloso. 

- Sí, era maravilloso. Fue maravilloso durante un tiempo. Pero un día llegó el calor al mundo de afuera y dentro de la casa comenzó a hacer frío. El frío les pilló por sorpresa. Entonces él comenzó a desconfiar de todo. Comenzó a cuestionarse el amor que ella sentía. La imagimaba con otros y eso le llenaba de ira. Veía monstruos donde no los había. Veía monstruos porque tenía un miedo horrible a perderla. Y la perdió. Bueno, casi la perdió. Ocurrió algo, algo se rompió. Él había roto algo y aquel mundo se separó por la mitad, pero siguieron juntos. Porque eso es lo que hacían siempre, recoger pedazos rotos del suelo y pegarlos entre los dos. Hubo muchas disculpas y muchas promesas entonces. Siguieron adelante y durante un tiempo creyeron que todo había vuelto a ser tan fácil como antes. Pero luego volvieron los monstruos. Luego volvieron los monstruos porque realmente siempre habían estado allí...

- No lo entiendo, ¿por qué no pudieron arreglar eso que se había roto?

- Él había cambiado. Ya no le divertía escucharla. Ya no pensaba que fuese perfecta. Ya no pensaba que fuese preciosa e inteligente. Ahora solo podía verla como una persona triste. Entonces él comenzó a odiar sus manías. No soportaba mirarla. Se enfadaba cada vez que volvía a dañarla. Se enfadaba con ella y consigo mismo. Se enfadaba cada vez que ella lloraba y lloraba tanto que el agua de su cuerpo desbordaba la casa. Se enfadaba cada vez que ella le perdonaba. Entonces la lavadora daba vueltas mientras ellos gritaban. Dejaron aparcados los viajes y dejaron de darse las gracias, prometiendo retomar las oportunidades perdidas cuando llegara la calma. Pero nunca las retomaron. Él comenzó a dejar las espinacas en el plato. Comenzó a hacer cosas así, cosas insignificantes. 

- ¿Y que ocurrió entonces?

- Entonces él comenzó a sentirse ahogado. Le decía que se sentía ahogado, le decía que no podía respirar. Le decía que no podía respirar si estaba cerca de ella. Le decía que no podía respirar dentro de esa casa. Había demasiado amor, quizás, demasiadas lágrimas y muy poco oxígeno. Y entonces él comenzó a alejarse, sin hacer mucho ruido, sin que apenas se notase. Ella no se había dado cuenta, pero la casa se había convertido en una pecera demasiado pequeña como para que nadaran dos. 

- Pero, si la amaba tanto, ¿por qué se sentía ahogado?

- Porque existía un mundo enorme allá afuera. Porque existía un océano de miles de posibilidades, un océano con muchos más peces. Ella era solo un pez, ¿me entiendes?. Entonces él se fue y ella se quedó en el fondo de la pecera. Se quedó en el fondo de la pecera porque estaba sola. Se quedó en el fondo de la pecera porque no conocía ni quería conocer nada de ese otro mundo de afuera, ese otro mundo que era tan grande. Dejó de dormir. Dejó de comer. No salió de la casa, de la pecera, durante casi una semana. Ya no se sentía segura, para ella ese otro mundo era un mundo de presas fáciles, un mundo de tiburones y de barracudas. Se quedó en el fondo de la pecera por eso, dándose golpes contra el cristal, dándo vueltas en círculos.

- Pero, ¿y entonces que pasó?

- Y entonces... Entonces él lo olvidó todo. Olvidó todo muy rápido. Olvidó todo porque de pronto tenía memoria de pez. Olvidó todo, como si ellos nunca hubieran existido. Olvidó cómo era la cara de ella. Olvidó como era su risa. Olvidó como era su respiración cuando la tocaba. Olvidó como era la casa. Olvidó la lavadora dando vueltas. Olvidó los viajes. Olvidó dar las gracias. Olvidó el sabor de las espinacas... Olvidó cada una de esas pequeñas cosas que prometió no olvidar nunca.

- No sé qué decir… ahora, ahora creo que lo recuerdo 

- ¿Ahora lo recuerdas? 

- Sí... Recuerdo todo, recuerdo la pecera, recuerdo que éramos nosotros...


domingo, 14 de mayo de 2017

Amores perros


Me he llenado la boca de odio como si el odio doliese menos y el asco no fuese el peor de los compañeros de cama, cuando duermes sin sueños. Fumo por ignorarlo y presumo de golpes en donde antes lo hacía de besos. Menos mal que es tarde. Que de ausencia nadie se desangra y que yo nunca aprendí a morderme la lengua. 

Quien dice que el mar está lleno de peces no sabe que yo ya he ahogado mis sentimientos y he vaciado los restos de tu saliva en demasiados vasos con hielo. Ardiendo.
He cerrado un capítulo como quien abre una herida, nueva. He matado de hambre al amor porque muerto el perro la rabia no se acabó y esa pistola me la pusiste tú en el pecho. Si lo escuchas ladrar algún día de estos, será solo por esa vieja costumbre de lamer al primero que pasa y creerse con dueño. 



Se va a quedar al otro lado de la puerta de la indiferencia, exactamente igual que yo. Lejos, aguantando el chaparrón
y en los hues
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