domingo, 14 de mayo de 2017

Amores perros


Me he llenado la boca de odio como si el odio doliese menos y el asco no fuese el peor de los compañeros de cama, cuando duermes sin sueños. Fumo por ignorarlo y presumo de golpes en donde antes lo hacía de besos. Menos mal que es tarde. Que de ausencia nadie se desangra y que yo nunca aprendí a morderme la lengua. 

Quien dice que el mar está lleno de peces no sabe que yo ya he ahogado mis sentimientos y he vaciado los restos de tu saliva en demasiados vasos con hielo. Ardiendo.
He cerrado un capítulo como quien abre una herida, nueva. He matado de hambre al amor porque muerto el perro la rabia no se acabó y esa pistola me la pusiste tú en el pecho. Si lo escuchas ladrar algún día de estos, será solo por esa vieja costumbre de lamer al primero que pasa y creerse con dueño. 



Se va a quedar al otro lado de la puerta de la indiferencia, exactamente igual que yo. Lejos, aguantando el chaparrón
y en los hues

sábado, 6 de mayo de 2017

El número dos


''Yo… yo solía darte largos discursos después que te fuiste. Yo solía hablar contigo todo el tiempo, a pesar de que estaba sola. Caminé durante meses, hablándote. Ahora no sé qué decir. Era más fácil cuando sólo te imaginaba. Incluso te imaginé hablándome de nuevo. Solíamos tener largas conversaciones, los dos solos. Era casi como si estuvieras allí. Podía escucharte, podía verte, olerte. Podía escuchar tu voz. A veces, tu voz me despertaba. Me despertó en medio de la noche, como si estuvieras en la habitación conmigo. Entonces… poco a poco se desvaneció. No pude imaginarte más. Traté de hablarte en voz alta como solía hacerlo, pero no había nadie allí. No podía oírte. Entonces… todo se puso de cabeza. Todo se detuvo. Tú sólo… desapareciste. Y ahora estoy trabajando aquí. Escucho tu voz todo el tiempo. Cada hombre tiene tu voz.''

-Paris, Texas


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Querida (des)conocida:

Mi vida cuelga de aquel mensaje que no llegué a escribirte. Tengo trabajo atrasado y dos llamadas perdidas que se están agarrando a mi memoria. Diría que les han salido uñas. Quizás es eso. Siento que esta ciudad es una ciudad distinta. Amanece y anochece por costumbre, las calles están llenas de gente alegre y las paredes de rasguños. Aquí ya no queda ni una sola señal de tu boca. Lo sé bien, porque cuando más necesito escucharte, es tu buzón de voz el que me lo repite con un hilo de vergüenza.

No te gustaría nada verme así. Supongo que he envejecido prematuramente, que este tiempo lejos de tus piernas se ha convertido en siglos. Desde entonces me he esforzado por no caer en la locura, ya sabes, en la medida en que siempre evité mirarme en los espejos. Desde entonces tropiezo con tu reflejo una media de cinco veces al día. Tu ropa sigue perfectamente doblada en un cajón que me prometí no volver a abrir. Del resto de tus huellas me deshice como pude. Ya no disfruto de las noches de cine ni hay helados de chocolate en el congelador. Tu libro lo he dejado a medias. No puedo imaginar un final peor.

No te lo dije, pero me acuerdo perfectamente de la primera vez que te vi. No sé por qué me acuerdo de eso. Fue hace más de dos años. Dos años como si hubieran sido dos meses. Cuando todavía nuestro día no era un dos. Cuando todavía éramos dos y no uno. No sé si fue a las dos de la madrugada. De eso no me acuerdo. Pero sé que fue un solo beso, un día dos, cuando habían pasado ya más de dos años. Debieron pasar dos minutos que parecieron dos horas. Los dos días en los que se jodió todo. Debí sentir que fueron dos décadas, cada día que no te tuve cerca mío. No hablo de números. Ni de kilómetros. Hablo de cada puto silencio multiplicado por dos. 

Alguien ha debido decírtelo. He intentado empezar de cero, me he despertado cada mañana con el automatismo de una máquina de feria, procurando mantenerme ocupado, que esta vez mis manos fueran más rápidas que mi cabeza. He hecho cambios en la casa. Compré muebles nuevos y pinté las paredes de un color que odiarías. Después de ti parecía una zona de guerra. Después de todo, sí. Después de ti, he estado perdiendo el tiempo. He estado yendo y viniendo como el que siempre llega tarde a las oportunidades para ser feliz que le da la vida. 

Por las noches soy invisible. Bebo como cualquier otro idiota en esta ciudad en la que ya no brillas por las plaza. Pero el alcohol no es más que el consuelo de hallar placer en la auto compasión. Últimamente, también he estado sonriéndole a otras mujeres, por costumbre, por cobarde. No es ningún secreto, a ratos consigo soportarme. A ratos, la barra del bar deja de ser un abismo y esta libertad sin ti me da un respiro y me olvido de que en otra parte todavía existes. Es lo irónico de la libertad, desde que no estás, ya no he vuelto a necesitarla.  

Hoy he pensado en tus ojos tristes y en el miedo que me hacía atarme un nudo en la garganta.Supongo que no me creo la ausencia. Que en cualquier momento al levantar la mirada lo que es espero es verte ahí tumbada, en ese hueco vacío, con tu pelo insaciable sobre la almohada, tu risa ronca de por las mañanas y tus manos nerviosas, las de siempre, acariciándome el cuello. Buscando cómo hacer magia sobre mi cuerpo cansado. He pensado en la última vez que te vi. Deseándote suerte, como si la necesitaras. Pidiéndote que te cuidaras, como si fueses a hacerlo. 

Hace poco me acordé de ti al leer un artículo de mierda en una web de mierda. Hablaba sobre el síndrome del miembro fantasma. Sobre esa dolencia de creer que una parte de ti que ya te han quitado sigue conectada a tu cuerpo. Que el cerebro ejercita esa cruel habilidad de recordarte cómo se sentía exactamente aquello que no volverás a tener. Por eso dejé que me abrazaras así, la noche de tus poemas y de tu invierno interminable. Aquella noche en la que me abrazaste y sentí huesos en mi cuerpo que jamás había notado que estaban ahí. Partes de mi cuerpo que pensé que no me harían falta nunca. 

Recuerdo el sonido de tus tacones alejándose y el portazo a las puertas de mi vida. El portazo antes de tiempo. Cuando la felicidad todavía nos tenía reservado un futuro de grandes esperanzas. Cuando la felicidad se quedó a medias. A medias, porque la última vez que haces el amor con alguien no puedes saber que va a serlo. Porque ni tú ni yo lo sabíamos. Pero esta semana he desordenado tus fotos como si no destruyera todo lo que toco y he temblado ante la idea de que te toque alguien más. 


Pd 1. El amor no habría sido suficiente y el olvido seguirá siendo un lastre. Como ese familiar que tienes que tolerar por quedar bien. Ese es el problema, te llevo en la sangre. Y cuando llevas algo en la sangre el olvido es una puta y las cuestas se hacen más dolorosas que las esquinas. Sé muy bien de lo que hablo. Ojalá no lo entiendas nunca. 

Pd 2. Si pudiera dar marcha atrás y volver a aquel noviembre, por ti me arriesgaría de nuevo. Por ti lo volvería a hacer todo otra vez. Fracasaría mejor. Triunfaría mejor. Volvería si pudiera.

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Querido (des)conocido: 


Mi vida ha dado un vuelco y ya no encaja en ningún sitio. Tengo espacio de sobra en donde solías estar tú y palabras que no me sirven ni para escribir dos líneas. Apuesto a que es eso. Si te digo la verdad, apareces en mi calma y mi silencio, pero en las voces de los otros te evaporas. Supongo que ahora el tiempo se niega a hacerme más favores. Que esta ciudad se ha convertido en una foto fija en la que caigo de cabeza, me pregunto cuántas veces tengo que comer asfalto para que no duela. 

Lo habrás escuchado por ahí. He fingido cada día ser una persona nueva. He aprendido sin que nadie lo note a ponerme tu máscara, aquella del orgullo y de la indiferencia. De puertas para adentro es otra historia. La locura no me importa y mi casa aún parece una trinchera. Los pasos que diste me los sé de memoria y no, no los borra ni la lejía ni el amoniaco. Desde entonces esto es lo que hago, me he dormido en el sofá para evitar el lado vacío de la cama y me he cortado el pelo para no recordar tus manos enredándose entre las puntas. Es ridículo, lo sé bien. A veces es imposible poner punto y final en donde siempre hubo un punto seguido. 

Yo tampoco te lo dije, pero el dos es mi número de la suerte. Nunca tuve mucha suerte. Nunca aposté demasiado por nada ni por nadie. Nunca creí en la suerte hasta que un día dos, fue precisamente el número dos el que hizo toda la diferencia. Hasta que fue alguien más quien apostó por mí. Escribí un relato titulado ‘’mi suerte’’ pero la realidad es que estaba hablando de ti. Escribí ''a veces tienes que dejar que llueva sobre mojado. Pero no me dejes a oscuras. Prende esta luz con los dientes. No olvides recordarme que sigo aquí'' pero la realidad es que estaba hablando de ti. También estaba hablando de mí. De largos periodos con la luz apagada, de viajes en círculos y maletas y ni una sola mano a la que agarrarme antes de que aparecieras y decidieras quedarte. 

Desde que te fuiste el círculo se ha hecho más pequeño y todos los viajes son solo de ida. Debes saberlo. Desde que no miro mi cara a través de tus ojos, a veces la odio cuando me paro ante el espejo. Por sus ojeras invariables, por su dificultad para sonreír. Pero tú has sonreído tanto que casi me olvido de todo eso. Con tu media sonrisa burlona, contenida. Con tus manos frías como puertos de madrugada, tu aliento en mi nuca y la paciencia de tu piel en mi cintura hasta lograr que esta insomne obstinada se durmiera por fin. 

Conozco bien ese miedo del que hablas. Supongo que no quería asustarte. Supongo que sabía que ya estabas asustado. Que todos estamos asustados pero que tú lo estabas más. Aunque fueses el chico más valiente del mundo. Supongo que a mí también me asustaba no llegar a entender las cosas que te asustaban a ti. Cosas con las que tendrías que vivir siempre. Cosas que, a diferencia de mí, no podrías borrarte de la piel por mucho que quisieras. 

Después de todo, no quería reconocer que también estaba asustada. Que me asustaba no estar a tu altura. Que no quería fallarte. Que cualquier día vieras que era una persona y no una idea. Que no era la persona perfecta de la que te habías enamorado, aquella que estaba dentro de tu cabeza. A mí también me asustó la pérdida de esa pierna imaginaria. Una pierna que esta vez era la mía. Tú también eras una extremidad en ese momento. Todavía lo eres. Lo seguirás siendo siempre. Pero sí que se puede vivir sin un brazo o una pierna. Sí que se puede vivir sin ti. Aunque eso no sea vida, sino supervivencia. Pero nadie quiere ir por el mundo sin su punto de apoyo. Sin ser capaz de sostener las cosas importantes entre sus dedos, de apretarlas contra su pecho.

Me he despertado pensando en aquellos días. Me he despertado imaginando tu respiración en el cuerpo de otras, rebobinado en bucle hasta esa última a vez que estuviste conmigo. Deseándome suerte, como si no te necesitara. Pidiéndome que me cuidase, como si supiese cómo hacerlo. Ni siquiera te culpo de esta sed. Mi lengua se ha cansado de lamer heridas mientras que este país se va a la mierda y tú te haces cicatriz. Me gustaría decir que ya no dueles, que sigo sobria y que solo eres piel muerta sobre la nueva. Pero lo cierto es que desde que dejaste la vida en pausa, pienso en tus manos varias veces al día y me corro con vergüenza. 

Hoy he tirado la primera piedra sobre la casa en ruinas, he esperado en la sala de espera de la pesadilla esperando sin esperar que nadie me despierte. Me echo de menos como quien se abandona a la mirada de muchos, aprendiendo a convertir la rabia en sexo y el sexo en un premio de consolación. Te lo puedo explicar. El dolor es la enfermedad de siempre y la cura una mentira universal. Me voy a quedar aquí, quieta y desecha. Con la culpa en la boca por si quieres un beso. Y con la despedida de los cobardes en los pulmones, por si tocas a la puerta. No vuelvas tarde, que he confundido soledad con amor propio y he dejado el corazón entre las piernas. Si me tocas, lo escucharás: desparezco. 


Pd 1. El amor no es eso y del olvido mejor ni hablar. Adiós es una palabra demasiado grande. Decirse adiós es no volver a existir de esa forma nunca más. Y yo me he olvidado tanto de mí misma, que perderme al final ha resultado ser un alivio. Volveré a encontrarme cualquier día de estos lejos de aquí. 


Pd 2. Si a mí ahora alguien me concediera dos deseos, lo que pediría serían dos frases. Solo eso. Dos frases con las que empezar de nuevo. Como si nunca antes nos hubiéramos conocido. Dos frases con las que pudiera recuperarte. Me darías dos besos debajo del reloj de la plaza. Una palabra, una pausa de dos silencios:


-   Eres lo mejor que todavía no me ha sucedido
-   Te prometo que esta vez no va a terminarse

miércoles, 19 de abril de 2017

Instrucciones para mirarte por dentro

''Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante''

- Poesía completa, Alejandra Pizarnik




Te miro de la única forma en la que sé mirarte
Te miro por dentro y veo que nacen de ti paisajes
que son mucho más hermosos de lo que piensas
Paisajes, para así volcar el calor de la noche sobre los huesos
para arrancarnos de la rutina y de los malos pensamientos

Y te miro por dentro
Te miro por dentro porque es la única forma en la que puedo
porque antes no sabía cómo mirar
Porque me reservas el aire de tus pulmones para cuando no estás
porque siempre estás de vuelta

Y a veces te miro así
Con el amor vehemente de quien lleva una bandada de pájaros en el pecho
o una jauría de perros, ladrando lejos de tu oxígeno
Con el odio benévolo de quien solo puede querer, sabiendo que se equivoca
que cada lección aprendida es un vuelo de regreso hacia nosotros

Y te miro por dentro porque es lo mejor que sé hacer
Y te miro todo el tiempo
Y aun así sé,
que la duda es la palabra que más pesa
que mi lengua se arrincona junto a la tuya
para callarnos cada miedo, para darnos un motivo más para crecer

Para creer, también 
En esa clase de felicidad que se abre de piernas y no deja que el corazón se enfríe 
acercando el verano de repente
Y no lo entienden
No lo entienden porque no es fácil, porque no es perfecto 
y porque no saben que prefiero la libertad contigo a cualquier otra realidad 

Te miro por dentro y veo eso
Eres eso
Una oportunidad
La puerta de entrada a mi felicidad 

domingo, 5 de febrero de 2017

Mi suerte

Mi suerte cambia de forma constantemente. A veces es como un cielo amplio cuando por fin aparece el Sol de entre las nubes. Otros días es la nube. Hay veces en las que diría que se me escapa. Fechas precisas, días tachados en el calendario de las promesas incumplidas. Pero otras veces mi suerte es tan grande que toco algo parecido a un hogar. Y entonces me quedo dentro. 

Mi suerte tiene nombre propio. Necesita de ti. Porque para sobrevivir es necesario sentir al menos una vez al día que queda algo de belleza en el mundo por la que vale la pena morir. Porque hacen falta años de mentiras y de encuentros solitarios para que una sola verdad penetre en carne y hueso. Sabes, si quieres puedes tomar esta intimidad herida a la que llamamos autoestima. Inventarme un futuro vulnerable pero libre de complejos. En el que no falten días en los que empezar este calendario desde el principio y días en los que un nuevo Sol de terciopelo nos salga por sorpresa.

Verás, hay batallas que nunca podríamos ganar y eso está bien así. Como ese asunto inevitable de las nubes que están sobre mi cabeza. Lo sé. A veces tienes que dejar que llueva sobre mojado. Pero no me dejes a oscuras. Prende esta luz con los dientes. No olvides recordarme que sigo aquí. Y si me permites el atrevimiento, quédate. Echa raíces dentro de mi cuerpo. Entierra tus manos cerca de mí, y cuando la encuentres de frente, sonríele a mi suerte. 

Seguirá aquí. 

miércoles, 25 de enero de 2017

Promesa

Promesa
Del lat. Promissa, pl. de promissum.

1.f. Expresión de la voluntad de dar a alguien o hacer por él algo.
3.f. Augurio, indicio o señal que hace esperar algún bien.



Lo que puedo prometerte es ese algo que todavía no existe
como el hogar tibio que ahora se abre espacio en mi pecho
como la suerte que hoy construye una historia en voz alta
con todas las palabras que un día no llegué a escribir por temor o vergüenza

Lo que puedo prometerte no es un callejón ni un atajo
Pero puedo prometerte estas manos y un verbo conjugado en presente
ante el que la realidad de la calle sentiría celos
y ante el que cualquier pasado se le quedaría pequeño

Lo que puedo prometerte es cuerpo y saliva
siempre cerca de tu boca, no como la frase que pesa en la lengua
no como el viento que cuartea la vida
sino como la piel que cicatriza
Después de todo, todo lo que puedo prometerte es eso: paciencia
Y días en los que no falten ni pijamas ni vino cuando tiemblen las piernas

Lo que te prometo por adelantado es una disculpa en vez de un silencio
para cuando las agujetas de la felicidad ya no duelan en la mandíbula
y que la gravedad no olvide recordarme que existes
cada vez que mis pies se levanten demasiado del suelo

Lo que puedo ofrecerte enteramente es mi tiempo
Debes saber, mi tiempo a veces se escabulle igual que un gato egoísta
no sabe hablar de para siempre ni de hipotecas
Mi tiempo es vulnerable
pero hasta que quieras quedarte, es igual de mío que tuyo
ha abierto ventanas y ha dejado tu nombre en la puerta
ha dejado un hueco en el colchón para que quepas

lunes, 21 de noviembre de 2016

Como un libro abierto







“- Todo caduca con el tiempo. El amor también. La gasolina del coche, por ejemplo: si olvidas que se va a acabar te dejará tirado en medio del campo.
- Yo te voy a querer siempre, y si se acaba la gasolina me muero.” 

- Los amantes del círculo polar. 



Me hubiera gustado decírtelo. Si abrí el libro por la última página fue porque quise saber el final desde el principio. Y que si decidí quedarme en tu ficción fue solo porque en esta realidad mía no creo en los finales felices. ¿Por qué todo tiene que acabar?. Una vez leí algo tan hermoso, que el vacío que dejaron sus palabras al terminar no se fue de aquí por años. Desde entonces he tenido la sensación de haber dejado de leer en mi lengua materna y que todos los finales se tornaron ajenos y predecibles.

Contigo ha sido diferente. Al abrirte vino el hormigueo y el desconcierto. Algo así como el misterio de las novelas de mercadillo, pasadas de mano en mano entre extraños. Me latía tu corazón justo en el centro. Si devoré tantas páginas de tu vida como lo hice por segundo, fue porque estaba celosa de todas las que pudieron haberte leído antes. Ansiosa por ser yo la que esta vez curase las heridas que nadie hubiera imaginado que escondías detrás de una portada tan perfecta. 

Me hubiera gustado decírtelo. Te habría tocado así durante cien años. Te habría recorrido despacio con dedos hambrientos, los mismos con los que cuando era niña acariciaba los cuadernos nuevos del colegio. Los mismos con los que ahora sangro, preparo el desayuno o hago la colada en los domingos.

Tal vez, si no hubiéramos tenido tanta prisa. Si hubiéramos dejado que la trama siguiera su curso. Si no nos hubiéramos terminado cuando aún nadie esperaba que fuésemos a hacerlo. Tal vez habríamos tenido tiempo para releer los pasajes de los días que nunca llegaron. Tardes de cine o viajes improvisados, discusiones tontas y visitas al médico.

Tal vez podríamos haber hecho del mundo un lugar menos malo. No lo sé. Pero te hubiera querido siempre. Como solamente yo no sé querer. Te hubiera querido bien. Te habría guardado junto al primer ejemplar de Rayuela de mi padre, el que tengo en la mesilla de noche, roído por el miedo y por los años. Como el tomo de Pizarnik que me hace contener la respiración cuando viene el frío de las horas grises.

Me hubiera gustado decírtelo. Porque para mí, que siempre necesité de historias largas y dolorosas, este cierre me ha dejado con la boca abierta y  la miel en los labios. Y que esta noche en la que ya no queda nada más por leer, el cuervo de Allan Poe ha venido a sacarme los ojos. Me dice que son menos míos que tuyos. Tiene una voz familiar. Me habla en condicional. Hoy he vuelto a hacerlo. Me he hecho la muerta para que el cuervo se fuese y ni siquiera he notado la diferencia.

He vuelto a leerte así. Con la luz apagada, avergonzada y en silencio.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Mientras dormías







''Siento que estoy en el mundo equivocado. 
Porque no pertenezco a un mundo donde no terminamos juntos. 
Hay universos paralelos ahí afuera donde esto no sucedió''. 
- Comet




Me he soñado tantas veces de vuelta en aquel lugar. Sé que lo he soñado porque no parecía un sueño. Esta vez había despertado sin signos aparentes de lucha, con la frente intacta y las manos ligeras. Ni siquiera apareció esa recurrente huella fría de sudor sobre el pecho, nada que indicara haber estado maldiciendo entre dientes mientras la madrugada palidecía. Diría incluso que aquellas horas transcurrieron mientras yo tenía los ojos abiertos, pero lo cierto es que sin haberme dado cuenta, había descansado hasta las doce del mediodía.

Al incorporarme nací de nuevo, como si llevara meses viajando a través del espacio y del tiempo. Creo que entonces y que también ahora, siempre he tenido un gran problema para diferenciar la realidad de la fantasía.

Hubo un tiempo en el que dormía sin sueños, un periodo de paz que se decía a sí mismo perpetuo. Entonces la conciencia plena de las cosas, de las cosas que se podían tocar, se fundía con la irrealidad en una conjunción perfecta, en una especie de milagro que se hizo cuerpo. Claro que ese cuerpo no era el mío. Pero para mí aquel tampoco era un cuerpo que hubiera venido de una matriz, sino que habría salido de una dimensión paralela y desde las propias raíces de la tierra, que habría trepado confuso desde años de abandono hasta entrar dentro del mío y sentirse seguro. ¿Cómo podría haber sabido yo que era humana su presencia?. Me necesitaba, sí. Aunque rara vez lo decía. Preferíamos hacernos compañía en silencio ante el temor de que quebrara esa onírica burbuja que habíamos construido a base de fascinación y entrega mutua. Nunca he vuelto a sentirme así. Y dudo mucho que pueda volver a hacerlo.


Tenía 17 años la primera vez que le vi. Entonces escribía como nunca más he podido volver a escribir. Me pasaba noches enteras despierta, escribía como si estuviera enferma y los días largos fuesen solo el producto envenenado de mi imaginación. Pero él era real. No buscábamos el sentido. Con aquella edad nadie puede llevar la cuenta del tiempo y el tiempo se movía a tal velocidad, que si te parabas a respirar podías quedarte el último. De ahí que los meses nos parecieran años y que pensáramos que eso era la vida. La vida era ráfaga de viento y la vida era sueño y por eso dormíamos juntos. Y en algún punto del encuentro algo más aparecía. Sí, quizás era él de nuevo, que esta vez se había deslizado por el hueco de la tristeza que mucho antes habíamos escondido bajo las sábanas. Quizás yo, que le había dado la vuelta a la almohada, asfixiada por un calor que venía desde dentro. Supongo que tú también sabes de lo que hablo. Que tú también has huido de lugares como ese, que tú también te has ido de personas al encontrarte de pronto expuesto. Y está ese instante que termina por romperse, tal vez como un llanto o simplemente como un reproche absurdo. Justo ahí, en el centro de la vigilia, dando vueltas alrededor de un cansancio amargo.  


Tenía 18 años cuando sufrí mi peor época de insomnio. Tenía 18 años cuando me arrancaron algo y el amor romántico se vació de significado y se quedó vagando por una distancia de más de 1000 kilómetros. Escribir se convirtió entonces una prueba de fuerza pero me avergonzaba mi dolor. Vergüenza, sí. Porque no quería ni podía volver a querer. Pero lo hice. Mal y muchas veces. Porque volveré a hacerlo. Hasta el punto de inflexión. Hasta regresar a aquel lugar con el que siempre sueño. Aquel lugar que cada vez recuerdo peor.



Ahora, cuando paso las noches inciertas sola y boca arriba y tengo un sabor desconocido en la lengua, me gusta pensar que existe un lugar del mundo, quizás no de este mundo, quizás fuera de esta realidad, donde sé que él todavía existe. Donde todavía existo yo. Donde existimos por momentos. Donde aún podemos dormir juntos.
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