lunes, 18 de febrero de 2013

Siempre vagando por los tejados como un gato sin nombre

Creo que Odile nunca se vio a si misma como una femme fatale, pero parecía una ninfa, una Lolita de Nabokov cuando me pedía por favor que le quitase las medias. Sin saber si sus palabras se trataban de una súplica o de más bien un reproche, ignoraba su educación de niña y atendía a mis propios modales. Cuando se enfadaba hablaba en francés y su entonación era de lo más encantadora. Cuando se enfadaba se tumbaba en la alfombra roja de la entrada y esperaba que yo lo hiciese a su lado. Una extraña costumbre que acababa en reconciliación para luego apagar la luz. Mis pupilas no lograban adaptarse a la profunda negrura del recibidor y no podía darme del todo que era ella. Que tantas veces hacía acariciado un cabello largo que en ese momento era el suyo, en el que mis manos que ahora recorrían su espalda se entrelazaban. Anhelando cada último suspiro de unos labios cuarteados que entonces rozaban mi barbilla, y se volvían lentamente duros al contacto. Y en ese entonces que la tenía delante de mí, a esa fusión de mis antiguas amantes que no supieron cautivarme como lo haría ella, mis sentidos estaban completamente nublados. Y yo, ¿que hacía yo? Siempre vagando por los tejados como un gato sin nombre, solo podía desear que volviese mañana.




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