lunes, 8 de abril de 2013

Luces de neón rojas auguraban un buen final

Siempre que paso por delante de algún teatro me paro en taquilla y no sé si entrar. Me voy y camino, porque es lo que hago siempre que estoy nervioso y la gente empieza a formar grandes colas en la entrada. Camino tanto que mis pasos parecen los tuyos y la angustia comienza a desvanecerse. Pero el regreso a casa es más triste que una película de Agnes Varda. Más triste incluso que las ausencias en las butacas de una sala y los escenarios vacíos después de una función. La mía y la tuya.

A veces me gustaría volver entre bambalinas contigo, aquellas como de la Francia del siglo XIX y verte frente al tocador. Con tus tés de domingo, tus moños llenos de horquillas, y aquellas manos finas de pianista. Luces de neón rojas auguraban un buen final. ''Lo importante es que no dejen de aplaudir'', decías elegantemente al igual que al saludar al público. Representabas una escena dramática solo para mí. Me llevabas a tu pequeño apartamento, me quitabas el abrigo y continuábamos el ensayo de nuestro propio espectáculo. Tú la musa de la mirada triste y yo el espectador que te llevaba flores y el calor que no te daban los focos.
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