viernes, 17 de mayo de 2013

Aunque no hablásemos de ningún ''nosotros''


La claustrofobia aparecía y me embriagaba. La sensación de que nos iban a descubrir en cualquier instante, que se desmoronarían aquellas cuatro paredes mientras te estabas poniendo la ropa interior. Y todos podrían contemplar tus piernas. No me hago a la idea de como en esos momentos aún no me incomodaba compartirte. No me incomodaba ni siquiera el viejo colchón del motel los viernes tarde. Me recordaste a Audrey Hepburn al salir de la ducha envuelta en el albornoz. Te recogías el pelo intentando parecer despreocupada y sacabas del bolso tu carmín de labios. Siempre frunciendo el ceño, siempre intentando aparentar que no acababa de ocurrir nada en las últimas dos horas con la luz apagada. La oscuridad hacía, que al decir que lo que hacíamos no estaba bien, te sintieses un poco menos culpable. En cierta forma me encantaba ese caos que habíamos creado nosotros, aunque no hablásemos de ningún ''nosotros'' delante de nadie. Disfrutaba de cada débil sonido que emitías, incluso sabiendo que eran fruto del arrepentimiento. Arrepentimiento por ser tú la que estabas enredada entre las sábanas. 
Sabes que me perdían esos ojos grandes, vidriosos, que fingían no conocerme en las treguas que habíamos pactado durante esas mañanas que coincidíamos de casualidad camino a la facultad. Y a la vez me incitaban a invitarte a otra copa, como hice la primera vez. Recreaba nuestros encuentros constantemente, deseando que llegase el próximo solo para escrutar tu expresión insegura al cerrar la puerta tras de ti. La palabra fidelidad nunca suscitó en mí ningún sentimiento al que entregarme. La falta de escrúpulos tampoco me impedía dormir por las noches. Será porque eras lo menos parecido a la mujer de mis sueños por lo que te perseguía. Será porque me recordabas a mi adolescencia atormentada cuando me evitabas en los pasillos, y eso me volvía loco. Era tan caprichoso, quería exprimirlo todo de ti y no dejar a penas restos. Hasta que no quedase rastro de tu cuerpo inexperto, quizás al principio no advertí que también tenías alma. 


lunes, 13 de mayo de 2013

La piel que ya no siente escalofríos y los besos que no saben a nada

Te terminé odiando, como se odian los cuerpos cansados entre cuatro paredes. Las arrugas de la cama que nadie tiene ganas de hacer, la piel que ya no siente escalofríos y los besos que no saben a nada. Como se odian las madrugadas mirando al techo, esperando que pase algo, esperando que pase alguien. Engullida así en esas sábanas, en lo más profundo, arrojada al vacío ,de pronto, absorvida por la fuerza de la tierra, arrastrada a una oscuridad que tiene nombre en sus cuatro esquinas... Un nombre que conoces bien, que repites en voz baja hasta caer dormida cada noche. Hasta despertarte una mañana, por fin, y ver que ya no sientes odio, porque en realidad ya no sientes nada.
















...Ya no sientes nada, pero sigues viva. 
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