lunes, 24 de febrero de 2014

Amar como animales


A ellos no les importaba amarse como animales porque era en lo que se habían convertido. Seres miserables, que sin poder huir de la naturaleza enfermiza que era el necesitarse, siempre encontraban alguna excusa para reanudar aquella guerra de dos.

Con la sangre agitada, incapaces de protegerse a si mismos, absorbían la energía propia de la lozanía y frescura de la carne en contacto con otra carne. Se deseaban, no como niños ni como adultos, sino de la forma en la que el devoto reza y el amante deja de sentirse culpable al haber descubierto el paraíso en otra soledad.

Se deseaban. Se deseaban buscando lo dulce en la saliva, y cuando no quedaban más heridas que lamerse las limpiaban con tequila y sal, volviendo el uno al otro como perros sin amo, a follar con los ojos cerrados, a quererse con dolorosa excitación...

Porque si eso era amor, el amor se nutría de un odio que acabaría por matarles de hambre. Porque si eso era amor, se devorarían hasta la saciedad y no habría redención que les salvara de perderse. Y ese vínculo compartido, fuente de vida y de muerte, solo podría llevarles a la felicidad plena o a la peor de las desgracias.
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