martes, 18 de noviembre de 2014

El pantano





    Porque en un mundo verdadero la felicidad es falsa. Solo la tristeza es capaz de crear y los hombres felices no saben amar sin tener miedo. Pero la tristeza solo engendra más tristeza. Lo supe siempre. Que siempre habías sido un crío triste, que me gustaba tu flequillo negro, las tardes color sepia y que olieses a madera mojada. Que te atraía esa oscuridad tan peligrosa e invisible a los ojos del resto de los mortales. Que me querías arrastrar a ella, marcado por los gestos imperceptibles del silencio, por la sensibilidad. Pero ahora te has ido, y en este reducto de asfixiante humanidad el ocre del ocaso continúa dejando un sabor agrio en la boca. Tu ausencia aún no nos permite pensar y es como si estuvieras aquí. Es extraño,sin embargo, lo lejos que te siento. A los que seguimos aquí nos lleva la corriente para bañarnos en el lodo, pero hoy, son mis ojos hundidos a los que les duele mirar atrás. Lo supiste siempre. Que nadie está dispuesto a meter las manos en la mierda, nadie permite que le agarres bien fuerte el corazón hasta hacerlo sangrar, porque el amor se te escurre de entre los dedos y te vacía por dentro. Y entonces eres como un desagüe oxidado. Olvidado. Y te quedas parado en el único lugar del que no puedes salir. 

Es extraño, sin embargo, que el tiempo casi no haya pasado por aquí, pero que de mí se haya llevado casi todo lo que era tuyo, todo lo que pensaba que era nuestro. Como tú, que dejaste de buscar monstruos debajo de las piedras para decirme que nosotros éramos el verdadero mundo animal, para besarme y decirme que con cada segundo vivido tentábamos a la muerte. Y a veces, solo a veces, quería ser una mala mujer. Promiscua. Infiel. De esa clase de mujer que huye de casa y abandona a su marido y a las niñas, tan solo en un intento desesperado por cerrar la herida de su juventud. Como la que soy ahora. Como cuando antes corría detrás de ti con esos zapatos de cordones rojos que tanto te gustaban hasta tropezarme como un cachorro magullado y aturdido y volverme luego a levantar.
 ¡Eres un verdadero cabronazo, Tom!.

Lluvias torrenciales y pestilentes. Igual que esta música que llega desde las aguas pantanosas de Boeuf. La mugre y los insectos en la pared. La casa hecha de cristal. Y las cintas de video del verano del 86 a la sombra del espesor verde de los cipreses. El placer, la insolencia del adolescente. El rostro enrojecido como tomates en fritos aceite. Quién no querría perderse de nuevo en los años de gloria, en la vanidad, en tus manos infantiles acariciando mis pechos bajo una camisilla blanca de algodón. Estuve tan cerca de ti que ni siquiera creo que te conocía. Te quise y caía la noche terrible, y parecía que nos habíamos pasado la vida mirando fijamente hacia alguna carretera, memorizando la guía telefónica y el tacto que tenían las servilletas de papel sobre el regazo. Creíamos que todo era como cuando éramos pequeños y aprendíamos juntos a deletrear, y tu madre llevaba aquellos Levis azules 501 para ir a hacer la compra y pasear mientras el resto de señoras asistían a la misa dominical. Te tuve tan cerca que pensé que todo era verdad. 

Y ahora que intento hurgar en tus recuerdos, la que recuerda soy yo. ¡Y recuerdo que estás muerto!. Que llevas 15 años muerto y ya te pudriste bajo tierra. Que me dejaste sola y que si no te hubieras matado tú lo habría hecho yo. Para matarme a mí contigo. ¡Algún día me voy a colgar, lo juro, algún día me voy a volar los sesos y vas a encontrarme en el colchón!. Que hubiera escarbado desnuda en la tierra hasta que las aguas del pantano se desbordasen por fin y dejasen de decir tu nombre. Me llevasen a mí con ellas. Me permitiesen descansar. Y reconciliarme con todo. ¡Ta vez yo yo sí quería ser feliz y no tener que cargar con tu culpa!. Mis remordimientos te buscan y no te encuentran, y me enfrento ahora contigo como en un ring de boxeo deseando que mi adversario me parta la nariz. Y que llegue el dolor físico y luego el otro dolor, y que vea si realmente vivo o si todavía estoy allá fuera contigo, o si me he ido a otro lugar donde tampoco me encuentro.

Los muertos están muertos. Pero sigo aquí y espero. Después de 15 años sin pisar el suelo que habías pisado tú, sin tocar las cosas que habías tocado tú. Sin que te me aparecieras. Escucho a los feligreses mientras bebo un vaso de leche caliente y me entran ganas de vomitar. !Y te hablo a ti cómo si fueses mi espejo!. ¡Cómo si tal vez, maldita sea, me pudieses escuchar!. Pero cae noche de nuevo con su certeza y su claridad y yo vuelvo sobre mis pasos. Regreso a la Cuenca de Atchafalaya, a este agujero infernal de aves y huesos. Algún día tú y yo estaremos muy lejos de Luisiana. Y el contacto con la Colt M11199 debajo del camisón ahora es dulce, y el pantano duerme y también la muerte es dulce. Y yo cierro los ojos porque ya no veo nada pero todavía escucho a esos dos niños gritar imaginando ser adultos, creyendo en esa vieja historia sobre la felicidad. 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Entradas

Follow by Email