sábado, 15 de febrero de 2014

¿Qué final hubieras preferido tú para nuestra historia?


¿Nos hubiera ido bien juntos?. Casi puedo verte en frente mía, cruzando las piernas, pletórica entre la imperceptible multitud de la cafetería. Te da el sol en el pelo y te brilla el sudor en la frente, y sin poder evitarlo, luces perturbadamente atractiva. Sobre la mesa descansa la cuenta sin pagar y un magnífico ejemplar de Muerte en Venecia. A nuestro alrededor ellos agitan sus periódicos y se ajustan sus corbatas con una naturalidad casi mecánica. Mientras tú, acalorada, consumes todo el oxígeno de la sala. Tras reírte, quizás, responderías con provocativa ironía, con una de tus miradas suspicaces propias de novela policiaca. Puede que deba dejarme de interrogantes absurdos, no hay ningún misterio. Tú y yo nos hubiéramos acostado durante 20 años en una casa de 140 metros cuadrados hasta que uno de los dos sobrase, o tal vez antes nos habríamos consumido allí dentro como ermitaños. Un trágico accidente o un crimen pasional, un homicidio premeditado anunciado en los titulares más sensacionalistas y morbosos. ¿Qué final hubieras preferido tú para nuestra historia?.

martes, 11 de febrero de 2014

Las horas después de la fiesta



5.47 am.

Hugo se fue desabrochando poco a poco los botones de la camisa, y dejándola caer al suelo experimentó de pronto una intensa repulsión al encontrar solamente marcas de sudor aún calientes, y ningún rastro de carmín en ella. Necesitaba un baño. Necesitaba un baño y dejar de lado la soberbia y el estúpido orgullo, y dejar que la cartera y las llaves rodaran hasta el aparador, y esperar que cayeran los cimientos y se derrumbaran las paredes.

Avanzó hasta la mesa aletargado, y echó un trago rápido a la copa que había dejado a medias antes de salir, mientras el aroma a rancio del alcohol comenzaba ya a marearlo y a nublarle los sentidos. El quemazón del whisky y de la ginebra resbalando por la garganta siempre le había devuelto a la vida, una vida que consideraba estaba sobrevalorada, pero a la que podía regresar siempre mediante la resurrección de la bebida.

Hija de puta... Miserable hija de perra.

Se liberó del cinturón y de los pantalones antes de dejarse caer como un peso muerto sobre el sofá, hasta que el fracaso le abrumó de golpe y removió su sangre, extendiéndose entre todas las rendijas y fisuras de esa angosta y oscura habitación. ¿Qué coño iba a hacer ahora?.

¿Quién estará encima tuya ahora mismo?. Se preguntó si habría en alguna parte del mundo algún hombre amándola, si habría algún pobre necio deseándola, besando sus manos y leyéndole versos de cualquier poeta maldito antes de quitarle las bragas.
La rabia le latía directamente desde la frente, llevó sus manos a la cabeza hasta que la tensión en los nudillos se volvió prácticamente insoportable.

¿Quién se retorcerá de placer al escucharte gemir esta noche?. Estaba desvariando y lo sabía, pero en menos de una hora amanecería y esta vez, esta vez no quería deslizarse hasta la cama como un inútil borracho avanzando a gatas por el pasillo, recogiendo pedazos de basura y de cristal.

Entonces recordó cuando caminaba a paso firme, engreído entre las callejuelas circundantes de la catedral para volver a casa, cada vez era más la certeza de que no podría encontrar un minuto de paz mientras no amainase esa lluvia.

Recordó que metió las manos amoratadas en los bolsillos del abrigo e impaciente aligeró el ritmo. El taconeo de las mujeres sobre la calzada era casi insultante, el sonido mecánico de las respiraciones con las que se cruzaba, la frenada brusca de los coches en cada cruce… Parecía que el cielo que se cernía sobre todas aquellas cabezas supuraba un profundo hedor a humedad, a sótano, impulsando sus cuerpos cada vez más hacia el subsuelo.

Un agujero negro en el pecho, así se sentía. Ese regusto amargo de las horas después de la fiesta que saborean todos los mortales en la tierra.

Hija de puta…

Aparece sin querer de nuevo ese momento, en el que se detuvo por inercia en mitad del camino y divisó con claridad una figura saliendo de un bar que hacía esquina en aquel lateral de la vía principal. Terriblemente triste, terriblemente sola, creyendo ver la única cosa hermosa, la única cosa real dentro de esa rutina caótica de excesos y resacas pasajeras.

Entonces no pensó en como sería abrirle las piernas, pero más tarde reviviría esos rasgos insinuantes, la misma cara de susto y expectación, los mismos labios azotados por el frío y ligeramente entreabiertos, pidiéndole en el lenguaje de los amantes que se acercara más, justo cuando estaban a punto de correrse a la vez.

Puede que no tuviera nada de particular esa expresión, un tanto anodina al mirarla a los ojos, o que solo fueran instantes vulgares en un ambiente confuso por la euforia, pero escucharla pronunciar su nombre con aquella voz rota le excitaba de una manera siniestra. Le acorralaba como a un animal indefenso que se apoyaba en sus pechos para quedarse sin aliento y sin saliva.

6.13 am.

¡Estaba jodido!.

Jodido y caliente.

Y a la deriva...

El sofá provocaba una fricción con su piel realmente incómoda porque aún podía aspirar el sexo condensado en el salón y caía preso en una especie de locura. Enajenación transitoria, intentó consolarse a si mismo. Podía olerla a ella entre la abundancia de cítricos y naftalina, tumbada sobre la tapicería de cuero barato donde días atrás descansaban sus nalgas perfectas, desnuda solo para él.

Las cosas les habían ido bien por un tiempo, eso era cierto. Fumaban, follaban, hablaban vagamente de la vida y reían al ver pasar a la gente indiferente por su lado. ¿Acaso no es lo que hace todo el mundo?. Uno acepta los demonios del otro como suyos propios hasta que terminas por transformarte en un ser aún más despreciable, y no puedes evitar mirarte al espejo y verte como un auténtico salvaje.

Cínico cabrón, le dijo antes de irse ; y que se fuera al infierno, pero ya estaba allí desde siempre.

Soltó una carcajada en alto, resignado, aturdido por esa absurda desesperación, por el egoísmo de quererla de vuelta pese a su incapacidad de amar, y encendió el último cigarro de la noche antes de bajar las persianas.

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