viernes, 2 de mayo de 2014

Las horas después de la fiesta II




Tamara Lichtenstein

Le digo que tal vez lo que necesito es descansar, su calor, oler el mar y sentirme viva de vez en cuando. Él dice que también necesita un descanso, pero no sé exactamente de qué, ni de quién, ni siquiera si es el mismo descanso que yo estoy le estoy pidiendo. En el fondo no le conozco tanto como pienso. En el fondo no sé quien es, pero siempre me he dicho a mi misma, que realmente tiene dentro algo diferente a lo que tiene el resto de la gente. ¿Pero el qué?. Él conseguía ponerme cachonda solo con palabras, como si a pesar de todo, las cosas tuvieran un puto sentido. Como si nuestro mundo fuera a seguir igual cuando se acabase todo. Claro... Pero todavía siguen habiendo demasiados cabos sueltos, demasiados espacios sin rellenar, y se nos acabó el tiempo. Sí, lo que necesito es escribir algo real, necesito dejar de escribir(le) de amor. A veces creo que está ciudad me está matando


5.47 am 

Sábado noche. Infierno de noche. Cielo ensangrentado en un mar de estrellas.

Vera tachó todas las líneas. Cerró el cuaderno y pensó que debería quemar esas hojas de inmediato. No podía volver borracha a su piso, quitarse el vestido de terciopelo verde y ponerse a escribir en bragas sobre la cama. Al menos no podía seguir haciéndolo durante mucho más tiempo. Aquello no podía ser sano. La mesa de estudio se encontraba repleta de las anotaciones de sus clases de la última semana y de varios cigarrillos apagados. Se sirvió una copa de vino y se sentó en el suelo de la cocina. Notaba como le subía la fiebre. La tensión y los contornos comenzaban a disiparse, aunque aún se escuchan las risas nerviosas de los transeúntes que pasaban bajo su ventana. Una lúgubre luz abrazaba los objetos de la habitación. 

Cobarde… susurró. 

¿Dónde estarás tú esta noche?.


Vera se movía entre el orden y el desorden, buscando un atisbo de paz dentro de la contradicción que odiar y amar al mismo tiempo su propia soledad. Ahora lo mundano, lo absurdo, aquello que era simplemente rutina y normalidad, se congregaban entorno a las horas después de la fiesta. Esa puta sensación en el pecho, recordó avergonzada, y quiso convertirse en una estatua de sal y dejarse tragar por la fuerza de la tierra. Pensó que un cuerpo enamorado tan solo se hace polvo entre manos ajenas. Pero ella solo quería sentir otra piel que no la conociera, otra piel que la tomara a la fuerza, que no fuera la de él, y llorar. Llorar, si pudiera. Mientras tanto se entregaba sin saberlo, con la esperanza de que algo pudiera destruirla para siempre.

Ella era flexible, se excitaba enredándose y serpenteando entre las piernas de sus amantes, pero se apagaba en una sensación abrumadora de fracaso cuando se corría y comenzaba a zafarse de las caricias. Desnudarse en otras camas era ahogarse continuamente en un océano de aceite denso y sucio… 

Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera despertarme mañana al lado de tu pelo, le decían. 

(Mentirosos).

Descubrirse al lado de esos hombres las mañanas de domingo era perderse, porque perderse era observar solamente ojos de piedad en quien amanecía a su lado, y no la añorada y súbita oleada del placer de un nuevo día. No miró nunca otro rostro, no pudo encontrar nunca la abrasadora convicción de la plenitud de estar donde debía estar. 

Tócame, rogaba. 

Pero aún así no podía evitar sentirse invadida, en cierta forma extirpada de sí misma y arrancada de raíz. A veces los minutos se dilataban y los besos y las salivas eran dulces y repugnantes. 

Tócame, pedía impaciente. 

Intentaba casi que la hiriesen como a un perro hambriento con el corazón mordisqueado. 

La melodía de su voz seca en medio del silencio espectral era una súplica triste, aunque tal vez todas las súplicas lo fueran. Leves palabras pronunciadas a un oído sordo, palabras de un naufraga, palabras de una nómada que no eran escuchadas. Las horas de la madrugada se abrían sinuosas ante ella y la arropaban. Ella creía estar siempre en la intersección de dos puntos ambivalentes, próximos pero sin llegar a tocarse, dos puntos entre los que oscilaba hasta caer rendida. Porque tal vez todo se redujera a algunos kilómetros de más y a una persona de menos. Recordaba una autopista de verano y la fragancia oscura de su asfalto. Aquel era el cruce de dos caminos, el cruce entre donde estaba y donde estuvo, la prolongación de su vigilia por el recuerdo de una amarga despedida.

Comprendió entonces que refugiarse en el acto sexual era refugiarse en el lugar más solitario del mundo. Y supo esa noche que debía irse. Sin ningún por qué, sin ninguna explicación, sin más refugios artificiales. Solo irse. Alejarse de las naturalezas vacías. Miró al hombre que tenía enfrente de ella y que le tendía la mano. No le apetecían más luchas de orgullo. 

(- Lo siento, pero no puedo follar contigo. No así.).


Tantas veces había preguntado al reloj, ¿Dónde estarás tú esta noche?

Tantas veces tuvo la fría certeza de que todo seguiría igual. Debatiéndose entre el norte y el horizonte hasta que las manecillas dieran las 12. 
Tantas veces...

Dobló la esquina y no echó la vista atrás.
Ahora sí, lo sabía. 

Era hora de volver a casa.
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