miércoles, 6 de agosto de 2014

Bienvenido a mi colección de fracasos










Fotografías de Eric Marrian. 



Las arterias de la ciudad se colapsaban. Infinitas ramificaciones con destino a ninguna parte. La isla era una herida infectada en una noche de plata. Así te vi venir. Así te recibí extasiada. Así se reencontraron nuestras miserias y se entrelazaron las sombras del pasado en un abrazo mortal.Lluvia ácida y desesperación. Adormecidos. Anestesiados. Te había buscado durante 50 vidas y te había perdido en 100 más. El cielo se descomponía sobre nuestras cabezas destruyendo aquellos tejados y azoteas que nos vieron crecer. El círculo nunca se cierra, pero los años pasan. Dos fantasmas con los párpados cosidos y un corazón blindado. Y yo aún esperando a que un día me quisieras. Dábamos vueltas sin sentido, consumidos por el resentimiento y por la culpa de los dos. Y yo aún esperando un puto milagro en este lugarTarde o temprano, pero tarde. Tarde para decir que se nos ha hecho tarde.

Tarde para escribirte una sola historia más dentro de este libro en blanco. 

Bienvenido a mi colección de fracasos.
Cierra la puerta al entrar.

y yo siempre a destiempo. Otra vez aquí por accidente o a propósito. Inmersos en una permanente vigilia. Nuevamente perdidos. Irremediablemente huérfanos. La luna se fundía sobre el horizonte en un sucio manto de metal, llamaba a congregarse entorno a ella a todos los soñadores, a todos los locos por alguna insana pasión. Tú y yo no sabíamos a donde nos dirigíamos, pero presentía que nunca íbamos a llegar. Cambiaste de marcha. Derrapaste suavemente. En ese momento una araña gris se deslizaba por el cristal de la ventanilla, moviéndose grácil y elegante, tejiendo minuciosamente una red de desengaño. Yo la aplasté de pronto con el pulgar y tragué saliva. Sí, pronto olvidaremos nuestros nombres. Pronto ya no estaremos aquí. El ceño fruncido. Tus manos fuertes en el volante. Aquella calma inusitada me hizo estremecer y temblar. Vetusta Morla sonaba en la radio y el aleteo de algunos insectos contra el cristal acompañaban la angustiosa melodía. ''Fue tan largo el duelo que al final casi lo confundo con mi hogar. Por mucho que vuelvo no encuentro mis recuerdos.''. Salimos de la rotonda y crucé las piernas pegajosas de sudor. Habría jurado sentir tu aliento en la nuca y una bala de fuego en el ombligo. Ardía todo por dentro. Me tenías justo ahí. Me quemabas...

Este es el lugar al que volvemos a nacer, aquí, en tu cuerpo. 
Pero tú siempre te vas. 

Tócame, mírame, pero no escuchaste. 
Nunca lo hiciste. 

Aceleraste y tuve que ajustarme el cinturón. Te mostrabas triunfante, liberado de las convenciones, liberado de todas aquellas mujeres que decían necesitarte. Pero yo, yo seguía ahí. Yo quise, de alguna forma atraparte, retenerte en mi regazo y luego llorar como una niña. Niña estúpida, dirías, bebiendo esas lágrimas negras con dulzura, besando mi frente. Alargué la mano hasta tu pantalón y palpé la fría cremallera de la entrepierna. Pero te alejaste. En el ambiente se condensaba el aroma de suavizante y de la menta del ambientador, pero el tacto era incómodo, áspero. Mirarte así, humillada por ese amor, desearte hasta no querer vivir, desearte con la prisa justa por destruirme del todo. El deseo enfermizo que brota de la rabia y del dolor. Aquello era sentir que había estado sola siempre, y que contigo había saltado a un vacío inexorable. Y yo sufría embriagada mientras tú inmóvil veías como me desangraba sobre el asfalto.

Así te observaba distante. Cruel visión de 180º. Terrible caída en vertical. Así imploraba callada ante tu semblante. Así susurraba, Este mundo es una mentira, pero yo te quiero, yo te quiero, joder...

Y te quería. 
Pero ya no. 

Tú no sabes lo que es querer, me recriminaste al dejarme
Y yo parada ahí
Y al final me lo creí.

Húmeda. El agua de nuestros cuerpos hervía sin cesar. Un golpe maestro. Un ataque y contraataque suicida. Esta vez habíamos resistido hasta el quinto asalto. Y aún nos quedaban diez más. La presa y el depredador. La misma historia de siempre. Y nosotros apunto de estallar. El motor había comenzado a fallar. Paramos en la gasolinera más cercana. Las luces del poste de bienvenida del establecimiento eran las del motel barato de carretera que hacía a penas unos kilómetros habíamos dejado atrás. Aquella vieja construcción lucía como una costra de cemento blanco creciendo en el medio de un árido descampado. El polvo se clavaba en la humedad de los ojos difuminando las siluetas de alrededor en una neblina lujuriosa. Hoy tampoco recordábamos el camino hacia el mar.

Un perro callejero se había agazapado en una de las ruedas traseras. Entre leves quejidos de abandono nos examinaba. Nos observaba expectante, aterrado y tal vez consciente, pues tú y yo compartíamos el mismo desarraigo, la misma intrínseca y punzante soledad. Animales sin dueño ni descanso. Así éramos. Así somos. Y nadie lo entendía.

Tendrás que quedarte esta vez.
Aunque sea esta vez. 
No puedes estar jugando siempre, no puedes...¿verdad?

Pero negaste con la cabeza. 
Las cosas cambian. Ya sabes que me tengo que ir. 

Escupiste aquellas palabras con cansancio y desidia. Te agarré con fuerza de las muñecas. Mátame o muérete, quise decirte, e imaginé tu cráneo perfecto, esparcido sobre el capó del coche y el espejo retrovisor. Acaricié aquel rostro burlón, como si mis dedos traspasaran tu piel de mantequilla. Reiste. Una carcajada ronca y espontánea. Reiste alto, como quien se cree dueño del mundo, pero el viento sopló de pronto iracundo contra nuestras espaldas cuarteadas. Te costaba respirar, así, tan próximos rozándonos las rodillas. Yo encendí un cigarro como sujetando la tristeza y el rechazo entre los labios. Esa tristeza con la que ya no podías lidiar. Hay lugares que existen a base de silencio, y tanto silencio es lo que te impide gritar. Ese es el tipo de silencio magnético que te corta por la mitad para siempre. 

Desde aquel mirador la ciudad resplandecía preciosa protegida entre el intenso oleaje. ¿Quién no hubiera confundido aquel espectáculo con una explosión de jugos gástricos?. El pulmón del subtrópico flotaba a la deriva... Encajaba sus piezas en la irregular costa, en las caprichosas marcas de historia de una tierra que fue virgen. Los alveolos relucientes. Los bronquios totalmente nítidos. La isla respiraba vida robada, vida olvidada. Y no había nadie allí. Solo nosotros. Aquellos que no quisieron volverse a enamorar se ahogaron en la orilla. 



Vamos, cobarde, vete. ¡Vete ya!.
Pero fóllame aunque sea solo una vez más...
Es solo sexo.


Me arrimé a tu lado algo vacilante, deslizándome con la sutileza de la mantis religiosa. 

Es solo sexo, repetiste, y sonreíste así, acercándote tembloroso a mi boca, buscando tímidamente mi lengua. Nos besamos con violencia. Éramos salvajes con hambre, devorándonos bajo una tenue luz mortecina. Noté tu tráquea prominente, tu pecho golpeando contra el mío con fuerza. Las venas hinchadas. Parecía que hurgabas dentro de mi interior tan solo con las palmas de las manos. Yo tenía el corazón en la garganta, las cuerdas vocales atadas. Acariciarte era sentir tu piel muerta debajo de mis uñas, no poder limpiarme nunca de tu olor. Me desnudabas. Y yo me dejaba desnudar. Pronto amanecería.

No pares. 
No pares. 

Lamía tu cuello, tu barbilla. Me levantaste en el aire para sentarme en la parte delantera de tu coche. Una embestida tras otra. Nosotros jadeábamos mientras el universo entero parecía haberse dispersado. Entonces me vi reflejada en tus ojos rota y resquebrajada. Y de nuevo aquel vacío en aquel paisaje devastado. Pobres infelices.

¿Sigo?
Sigue.
Sigue.

Ya tienes mi alma. 
Tú no me puedes quitar nada más. 
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