miércoles, 20 de agosto de 2014

Aves del cielo y del infierno, del limbo y del purgatorio



Los pájaros siempre acechan. Lejanos. Inaccesibles. Míralos ahí en su grandeza, emergiendo entre despojos, habitando el agujero del tiempo. Tan poderosos y sin embargo, a penas un dulce susurro les haría echar a volar. Sí, este dolor amansa a las fieras, este dolor les aniquilaría. Porque así transcurren aquí los días, así planeamos nuestras erróneas circunstancias y nos dejamos morir. Sin nada por lo que valga la pena luchar, esta vez es una cuestión de supervivencia. De huir el primero o el último de los dos. Es la ley del más fuerte, o del que corre más...

Hoy caen ángeles heridos del cielo. Las fechas se borran, pero la memoria es un juez implacable y tú estás lleno de huellas. Aquí tú no eres nada. En esta ciudad nunca eres nada. No eres (de) nadie y tampoco eres mío. Aquí solo envenenas tus futuros recuerdos y te vas. Y te pierdes.

Pero ahora... ahora mira a estas aves.Míralas suspendidas en la negrura del cielo cortando el aire. Míralas en esta noche quebrada balanceándose en el limbo, la forma en la que parecen que observan lastimosas, posadas desde los cables de electricidad... ¿No dirías tú también que nos miran, y que ahora somos un poco más pequeños?. Todos estamos vivos, sí, habitando este mundo en algo parecido al fin de una era que se nos va. En algo parecido a la historia de esta bestia enamorada, de estas bestias que somos. A veces la temo, o nos temo, a veces una luz se apaga y temo incluso nuestro exterminio, nuestra entrada al purgatorio. 

Y te detienes, entonces te detienes.

Y te detienes porque no se puede caminar por la calle así, aturdida y acribillada. Caminar como si hubieras sido expulsada del útero de tu madre en un ensueño imposible y primitivo. No se puede llegar a ningún sitio después de haber ingerido fármacos con el estómago vacío y el alma atrapada en un puño Esperar escuece, y escuece también esta vida prostituida. Y aún así has sido relegada a la reclusión del silencio, de las horas solitarias por las que nadie quiere pasar. Por las que nadie pasa. A la impotencia de las ilusiones pueriles y de los planes a medias sin realizar.

Y ahora te duele el vientre incluso un poco más que este estúpido corazón esterilizado. Y ahora estás justo allí, retorciéndote en esta enrevesada realidad, arropada por la vacua sombra de la desesperación, de las mentiras que latían en el centro de su pecho, de esas mentiras a punto de detonar. Su mano en tu entrepierna, el arma cargada y caliente el metal. Ya era hora de apretar el gatillo.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Entradas

Follow by Email