martes, 9 de septiembre de 2014

Hogares y trincheras







''La isla está vacía sin ti''.

Apretó las piernas intentando contener la rabia, la ira, el dolor. Vomitó así esas palabras injustas, deterioradas. Esas palabras que parecían las de otros ahora revoloteaban sobre sus labios como pirañas hambrientas, carcomiéndole por dentro, mientras allá fuera su saliva se mezclaba con los efluvios de una noche aceitosa.

''Así es como debe ser, este es el orden de las cosas''.

Humo y cenizas. Una vieja loba aullaba en los tejados. Miraba a su alrededor y solo veía el pasado que les había engendrado y condenado a los dos malditos, las columnas de las casas que fueron cimentadas sobre sus huesos, y el mismo camino bifurcado.

En ciertos momentos, sobre todo en ese tipo de noches sofocantes que llevaban a ebullición, tenía la extraña convicción de que La Tierra había cesado de girar y que con ella, el mundo entero perecía petrificado. También cuando avanzaba apesadumbrada, como abriéndose paso bajo el cielo de un planeta lejano, se detenía de vez en cuando a sentir su pecho a punto de reventar mientras una brisa inflamada de fuego le hacía cosquillas en la nuca.

Un cadáver de cuerpo caliente recién inaugurando una muerte por asfixia, pensó, esta soy yo, si en este lugar ya no podía respirar. Ni allí ni en ningún sitio mientras la cama, a la que se aferraba con ansia y soledad llegado el momento, siguiera siendo un vasto nido de serpientes, y el hielo, continuara derritiéndose en su copa.

Pese a todo no estaba allí. Alguien le faltaba. Su vergüenza dilatándose supuraba el hedor nauseabundo de la falsa tranquilidad por los cuatro costados. Pues las madrugadas, vistas así, eran tan solo un grito demorado, tan solo un estrecho corredor con todas las puertas cerradas. Ella estaba llena de agua, de herida abierta, de sudor sexual de verano. Y sin embargo, aún entonces seguía pensando que alguien había salvado su vida antes de destruirla. Que alguien la había salvado de sí misma, y más tarde había frotado su piel con veneno y sal. Aún así tenía la sensación de haber desterrado al olvido a casi todos los hombres de su vida y que apenas sin poder conciliar el sueño, otra vez caería rendida en medio del desierto con la sed, siempre la misma sed, clavada en la garganta. 











Y te vas y quemarás todos los mapas y trincheras. 
Porque ya no quieres ser geografía, paisaje
porque no quieres ser hogar de nadie.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Entradas

Follow by Email