jueves, 2 de octubre de 2014

Un pez fuera del agua






¿Cómo se sentiría una mujer como yo hace 100 años?. Sentada en esta plaza, respirando aire fresco, sin compañía pero rodeada de paz, en medio de esta capital de provincia aburguesada, tan fría como el café con hielo que reposa en mi copa, una copa que a veces quema.

¿Un pez fuera del agua? Tal vez. Pero sobrevivo. Y sobrevivo siempre. Ya son muchos meses en esta ciudad sin mar y, sin embargo, ahora puedo ver tantas cosas con claridad que veo incluso que ninguna de nosotros estamos ciegas. Chicas solas. Valientes a la hora de mirar. Que no agachan la cabeza. Chicas que en silencio se sientan solas en un bar. A leer, a escribir, a pensar. Como tú, como ellas, como yo.

Y ahora soy yo al desnudo la que está sola. Aquí frente a un vaivén de ruidos y personas. Liberada de prejuicios y tabús. Sensible, romántica y obscena al mismo tiempo. Porque ya no importa el pasado, los cánones, las convenciones sociales. Nada de lo que se supone que debo ser, que debemos ser. Todas esas cosas quedan suspendidas en la nebulosa del espacio y del tiempo mientras saboreo la tarde y disfruto de mi poder. Las mujeres sabemos como usarlo.

¿Qué me diría Simone de Beauvoir si le pidiera que me hablase sobre el amor y la libertad?. Si quisiera entender algo más acerca de las relaciones, de mi propia vida tan convulsa y en constante florecer y ebullición. De mi fuerza e inteligencia bruta. De la fuerza e inteligencia bruta de todas las chicas auténticas y preciosas que conozco, que aún me quedan por conocer.

‘’El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres’’ diría.

Y los hombres pasan y me miran, y les miro. Observo con calma, pero rebosante de visceralidad por dentro. Les veo sonreír, caminar envueltos en ese aroma a sexo animal que suelo llevar conmigo en la ropa. No es cuestión solo de atractivo, lo entiendo al fin. Los ojos hablan. Algunos hombres son inocentes. Otros son fieras seductoras deslizándose por las calles, como sacados de un sueño de verano, intentando dejar su huella, cuando ignoran que esta vez seré yo la que decida marcar sus cuellos con mi carmín. Rojo. Rojo como la sangre concentrada en las mejillas cuando te ruborizas.

Que no, que no dejo que paguen mi café. Que yo no quiero ser su señora. Solo quiero sentirme mujer. Y que me enamoren, pero sin miedo, y de verdad. Y a la basura la puta distancia y todos los falsos ‘’ te quiero’’.

Pero eso ya es otra historia, y eso, también es otra ciudad.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Entradas

Follow by Email