lunes, 20 de octubre de 2014

Tierra firme





Eric Marrian





Tal vez fue el labio superior humedecido, la boca entreabierta, lo que hizo que el suelo desapareciera y el planeta del que tantas veces quise huir cediese ante una luz cegadora. Tal vez te escuché gritar. Pero era de noche y el mar lloraba. El mar era una tela arrugada, solo que no habían olas, y en vez de agua juré sumergirme en un pozo de sangre oscura. Porque así había sido siempre, estar con el agua al cuello, nadar dentro de ti y luego ahogarme. Como si todos los océanos del mundo confluyeran más abajo de tu ombligo, como si tú y yo fuésemos a quedarnos parados en el tiempo, mirándonos sin decir nada y transformándonos en estatuas de sal. Cuando en realidad lo único que quedaba en esa playa era mi cuerpo caliente sin respirar, abierto en canal sobre las rocas, cubierto por los desechos de la marea en donde se posarán las gaviotas que luego se irán. Porque nosotros también nos iremos. Era injusto, pensé, era injusto crecer. Injusto que tú y yo no viviéramos eternamente entre los 17 y los 19 años. Pero ahora dejaremos atrás el laberinto y este agujero atestado de fantasmas. Porque tú quizás también olvidarás un cuerpo extendido sobre estas rocas y lo dejarás ir. Y me dejarás ir. Porque puede que también se te revuelva el estómago y escuches al mar llorar. Tal vez tú sí puedas tocar tierra firme.
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