jueves, 20 de noviembre de 2014

Tierra del Sol Naciente



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¿Cómo puedo hacer que dejes de quererme?. La pregunta flotaba obsesiva en la mente de Yoko Mattsuura. ¿Por qué aún me quieres y sigues esperando un milagro?. Eran dudas cargadas de insidia. Dudas que despertaban en alguna parte de su ser los instintos más oscuros y deplorables, pero... ¿se avergonzaba de ello?. 


Una joven anciana, sin frescura, sin vitalidad, sin los hoyuelos de la cara que tenían todas sus compañeras de promoción de la Universidad de Letras. Ahora tenía veintisiete años y sin embargo, poseyendo el tipo de belleza clásica que arrastra siempre la sutileza más exquisita, no podía evitar verse magullada ante el espejo, invisible tras las lentes oscuras que acostumbraba a llevar cuando paseaba con minifalda y el cabello recogido por algún distrito poco frecuentado a hora punta. Su voz había quedado reducida a un eco fantasmal y sus pasos tan solo a la sombra de lo que era, si alguna vez fue, pensó. Si alguna vez fue algo más que un borrón de tinta negra sobre la camisa de botones blanca que su marido se pondría hoy para ir a trabajar.

Soplaba furioso entonces el aliento del Pacífico contra toda la civilización. Contra la Tierra del Sol Naciente. Con frecuencia, Yoko observaba consternada a través del ventanal del amplio y luminoso de su salón. Miraba un punto fijo del jardín durante horas, una piscina redonda, ceremonial e impoluta en la que nunca  había llegado a sumergirse. El césped milimétricamente cortado, los arbustos geométricos que definían el perímetro de la parcela y algunas florecillas púrpuras recubiertas de rocío matinal, conformaban una visión etérea en contraste con el azul cobalto de los azulejos de la piscina. Los nenúfares flotaban a la deriva como estrellas a punto de apagarse. Creyó percibir esa especie de explosión de lleno en los ojos. Un color violento, un fulgor desafiante y peligroso.

Venga, hazlo. Podrías tirarte ahora mismo. Pero no, tú nunca tuviste suficiente coraje. 
No tienes carácter, solo miedo.

La rigidez burguesa se había propagado con más rapidez que la pólvora. El mundo era ya de por sí contradictorio, y acaso abyecto, antes de su traslado desde la modernizada y céntrica capital de Fukouka, hacía tres años atrás, hasta el particular núcleo de población de Asakura en el que ahora se encontraba y en el que nunca quiso echar raíces. Al que se negaba insistentemente a denominar o a reconocer como un hogar. El conformismo se había convertido en una constante de la especie humana porque la ficción siempre había sido un refugio para los hombres tristes, para los débiles. Habíamos construido idílicas regiones, desprovistas de toda fealdad y veracidad, de toda libertad de expresión o capacidad crítica que fuese más allá de lo socialmente establecido. Yoko callaba pero en los aledaños, la primavera golpeaba con su mano de hierro los huesos de los transeúntes y de los trabajadores del campo, mientras los rayos de sol quedaban reducidos a escombros en las plantaciones de cerezos y en las laderas colindantes. 

¿De qué servía todo lo que había dejado atrás? ¿Las experiencias sin contaminar?. Su antigua residencia del barrio de Hakata-ku parecía haber quedado suspendida en una especie de limbo. Un edificio de nueve plantas con un ascensor de cristal en el que ella y Hatori se habían quedado encerrados una vez durante más de cuatro horas consecutivas. Aquello era lo más divertido que les había ocurrido en muchos años, desde que habían dejado el instituto y ya no necesitaban esconderse para hacer el amor y olvidarse del resto de personas que no conocían pero habitaban este planeta. Lo recordaba, no obstante, no recordaba el resto de incidentes importantes que les habían sucedido a los dos juntos de ahí en adelante. Era extraño. Incomprensible. Recordaba su antigua casa siempre y cuando sin querer se colaba en alguna conversación ligera un gesto distraído, una frase, cuando los más ínfimos detalles de un acontecimiento evocaban los contornos de los objetos que antes habían sido suyos, sus los colores, sus olores. Sobre todo cuando estos iban disipándose cada vez más al mismo ritmo al que a ella se le aceleraba el pulso ante los desagradables excesos de convencionalismos que suelen ocasionar las reuniones entre amigos.  

Intranquilidad ante el mundo real. La vida allí no era más que una mentira. Al menos para ella, que no encontraba nada que no estuviese completamente desecho y podrido al tacto o a la vista. Aún así, recibía de vez en cuando la visita de su hermana Negumi desde Tokio. Negumi había alterado el aire con la misma presencia asfixiante que tenía cuando ambas, hace mucho tiempo, eran tan solo dos niñas. Ciertamente ella era el único elemento sólido que la unía con el mundo que existía fuera de  su destructiva imaginación, aunque también, a veces no podía soportar su labial rojo y su actitud deshinibida. Nunca habían estado muy unidas porque su hermana mayor era ese tipo de persona impredecibles que siempre están de paso y no te permiten amarrarlas, no toleran ese afecto que se expresa en familia. Negumi había sido siempre preciosa pero la mayoría de sus aventuras amorosas habían terminado francamente mal. Esta comenzó a ser consciente de su poder sexual a una etapa muy prematura, lo que la había llevado inevitablemente a abandonar el nido de la mano de un joven músico a la edad de los 16. Ahora sin embargo, coincidiendo su última aparición con el Oimatsu Shrine Tuina Festival, habían recorrido las calles de la ciudad entre la expectación de la muchedumbre mientras se agarraban de la mano. Hablaron de literatura, de cine, de política. Discutieron a viva voz entre las risas de los espectadores. 

- ¡Es como si estuvieras entre ruinas, pero pudieras salir de ahí y no te quisieras levantar! - le increpaba Negumi nervisa, con un tono de voz agudo y vibrante - ¿Cuando vas a dejar de hacer las cosas por si acaso y comenzarás a a hacerlas por ti misma?

Yoko entonces no supo explicar por qué, pero en ese preciso instante en el que anunciaron el final de la función que estaban viendo, tuvo la certeza de que esa sería la última vez que pudiera ver y tocar a su hermana. 

Asakura pues, se había construido como un escenario de representaciones sagradas e interminables. Aquellas tardes de Junio, sedienta e insomne, se encontraba demasiado enferma para salir a la calle y ni siquiera pudo distraerse con la última lectura Kawabata, aún enfundada en su fino envoltorio transparente. Hatori, sentado en la mesa del comedor releyendo unos informes, no tardó en advertir su apatía. 

- ¿En que piensas, Yoko?

Hubiera sido imposible advertir sus intenciones, leer alguna de las pocas expresiones y gestos que se podían identificar solo de manera superficial en la máscara que llevaba por rostro. La miraba así, interrogándola sosegado, tal y como un muro impenetrable, observando cauteloso cada pequeño movimiento, el más mínimo suspiro que pudiese suscitar la sospecha de que algo no andaba del todo bien. Pero ella rara vez le respondía. Sonreía y sin más, un frío silencio traspasaba aquella pulcra habitación hasta que su sudor se volvía casi de hielo.

Tres años habían transcurrido con aparente normalidad. La pareja se había asentado en una de las zonas residenciales más demandadas por los compradores, no obstante, creía que nunca llegaría a adaptarse a ese nivel de vida que rechaza a los soñadores. A anticiparse o a interpretar todas y cada una de esas miradas que se dirigían las mujeres de la clase alta. Frías. Retraídas. Tal vez ni ese ni ningún otro sitio fuese su lugar. Tal vez no sabía siquiera quién era ella misma. Y entonces las mismas preguntas de siempre. 

¿Me estoy volviendo loca por fin?. ¿Por qué me siento tan desgraciada?.

A pesar de todo seguía despertándose siempre a la misma hora, continuaba viendo desde su propiedad como el señor Kondo, cuya casa se situaba a la izquierda de la de la pareja, realizaba todas las mañanas el mismo ritual, llevando con su porte envidiable un traje negro confeccionado a medida. La danza colectiva para la que debían estar programados todos los humanos. Era cómico, sin duda, observar los pasos de ese hombrecillo cerrando la puerta de su casa, volviendo siempre dos veces consecutivas sobre sus pasos para comprobar si había pasado la llave, si todo había quedado en orden, únicamente tal y como debía de estar.

Mientras tanto, cualquiera hubiera podido decir de Hatori Hashimoto que este era definitivamente un hombre que se había hecho a sí mismo. De complexión menuda y mirada taciturna, trabaja sin descanso la mayor parte de las horas del día y había llegado muy lejos. 

- No puedes entenderlo, Yoko, ¡no eres tú la que sale todos los días a nadar a ese mar lleno de tiburones antes de volver a casa!. Y todo ellos, todos quieren mi sangre, Yoko, quieren acabar conmigo. Todos. Y aún así siempre regreso aquí, contigo. ¿Qué más quieres de mí?.

Hatori ostentaba el puesto de gerente jefe de una empresa automovilística de lujo situada entre las primeras del país, rodeándose de emprendedores muy influyentes en dicho sector. Estos últimos habían comenzado a realizar negocios de fuerte atractivo con Occidente, y entre todo esto, su mayor interés era lograr una sólida relación profesional con un grupo de socios españoles que recientemente habían sido invitados a una soporífera velada nocturna en la que tras unos tragos de alcohol solo se habló de asuntos bursátiles y de estrategias de expansión hacia nuevos mercados. 

Aquel grupo de hombres no se dieron la mano al entrar pero la contemplaron durante unos segundos como quien contempla la calidad de un tapiz. Y allí estaba su marido, espléndido. Podía verle allí sentado, jactándose del exquisito vocabulario que poseía, de su habilidad para los negocios, usando todas las técnicas de persuasión a su alcance frente a sus expectantes socio que le escuchaban boqueabiertos. Y no podía hacer otra cosa que pensar en la piscina. Que imaginarle ahogado en la piscina, su cadáver flotando con la corbata de color azul que le había regalado por su último cumpleaños.

El sentimiento de odio palpitaba en esa casa. Odiaba a Hatori porque la amaba y porque eso a ella no le bastaba. Odiaba las tímidas aproximaciones de él, odiaba también los constantes distanciamientos de ella. Y así se convencía de que ni aún así merecía esa clase de amor que le ofrecían en una bandeja de plata. Se había instalado en profundidades inaccesibles, estaba sola y todo indicio de culpa que la atormentaba era más fuerte que cualquier otra afección. El dolor físico no era entonces dolor, sino una mera molestia, un picor como de urticaria en el cuello con la que aprendes a convivir al cabo de un tiempo. 


Culpa, sí. Porque ella era la única culpable. 

Inmovilismo. La culpable de que los los días se sucedieran idénticos en el calendario, de que  envejecer careciera de valor y ya no lograra emocionarla la música, el periódico de la mañana que dejaban en su puerta, ni la llegada de correspondencia semanal. La responsable de haberse licenciado en algo para lo que no valía, para lo que no era necesaria. La responsable de no haber llegado nunca a ser una verdadera escritora, de ser una mala escritora que se quedaba día tras día frente a la pantalla de un ordenador sin nada que decir ni nada que expresar. La responsable de ser la mujer de Hatori Hashimoto, y de no comprender que significaba ese hecho y no poder definirse a partir de ahí como mujer. 

Tenía que hacer algo. Las cosas tenían que cambiar. 

Y de nuevo el aliento del Pacífico la guiaba, la animaba a mirar hacia la piscina. De nuevo recurría a ella desesperada. ¿Qué se sentiría allá abajo? ¿Cómo sería esa muerte?.Pensó con nostalgia en el otoño y en cómo las ramas secas cubrían con su sombra el manto de hojas que se depositaban sinuosas en su superficie, impulsando consigo el pronóstico de uno de los inviernos más fríos que Asakura recordaría.

La costumbre empequeñece las pasiones. Es curiosa la forma en la que imaginamos cómo serán nuestras vidas cuando somos pequeños, y sobre todo ese momento en el que luego piensas, ¿Cómo he llegado aquí?. ¿Esto es todo?. ¿Qué viene después de este instante?. Decepción. Tan solo eso. Decepción fue la única palabra que pudo extraer de su vida, no solo de esa niñez, sino de su adolescencia, de las personas que el camino le fue mostrando a lo largo de él y que la abandonaron. Decepción incluso hacia Hatori, el único que tal vez quiso salvarla realmente pero no consiguió hacerlo. Por egoísmo, por contradicción. 

Agosto. 

Le había llevado largas noches urdir el plan perfecto, pero finalmente Agosto se había depositado golpeando sobre su tejado de nuevo y sin avisar. En la cascada de Shiraito-no-taki los aromas de Oriente se filtraban en el paisaje que se dibujaba en los alrededores del complejo urbanístico. Todo debía suceder según lo previsto, no podía existir ninguna posibilidad de fallo. Hacía tan solo unos minutos había vertido con un pulso envidiable el contenido del bote de estricnina en una de las copas de saque en la copa de la que Hatori bebería. Estaría sentado frente a ella cuando el veneno  entrara en el organismo y empezara a actuar, sin a penas tiempo para probar la sopa misso y la degustación de makies que había estado preparando con esfuerzo desde muy temprano. 

Yoko esperaba ansiosa junto a la entrada hasta que por fin comenzó a escuchar los pasos de Hatori aproximándose por las escaleras. Entrelazó los dedos. Las manos le sudaban, notaba una extraña presión, algo así como un hormigueo en el estómago. Sin embargo, al traspasar el umbral él le saludó con sequedad, como de costumbre cansado, poniendo atención al momento en el que este penetró por fin en el interior de la vivienda.

A penas puso un pie en la habitación se detuvo unos segundos contemplando la escena. Los platos, completamente intactos y dispuestos a la perfección, invitaban a una calma casi diabólica. Volvió la vista hacia Yoko, maravillado. Se deshizo de la chaqueta. 

- Te has puesto el vestido amarillo. Y has cocinado... Por primera vez en mucho tiempo, le temblaron levemente de incredulidad los labios y las cuerdas vocales se contrajeron como un instrumento musical desafinado.

Aquel era el momento que tanto había deseado, aquel era el momento en el que todo iba a terminar. Ahora ya sabía cual era el precio de la libertad y sin embargo no lograba encontrar las palabras adecuadas para despedirse de él.

-  Quería… quería que esto fuese especial, alcanzó a decir con entrecortados susurros.

Apenas pronunció la frase, perdió todo control sobre actos y arrancó a reír como una niña histérica, con la expresión facial totalmente transfigurada, avanzando de un lado hacia otro sin coordinación. Hatori reaccionó de inmediato y la atrajo hacia él zarandeándola. Aquel repentino contacto físico hizo que Yoko se excitara aún más. Intentó volver en sí misma, hasta que perdió el equilibrio y se desplomó a sus pies, lloriqueando, aferrándose a él desesperada.

Perdóname por favor.

Las rodillas le ardían con el contacto de la madera en tablas que disponía el suelo, pero no encontró la voluntad necesaria para resistir e incorporarse.

Perdóname, perdóname.

Él consiguió levantarla del suelo y la rodeó entre sus brazos ofreciéndole la protección que tanto había rechazado y que ahora aceptaba sin oponer resistencia.

- Te he recuperado, le dijo jadeante como quien clama su fortuna al cielo.

Agarró su rostro con fuerza y creyó poder alcanzar de nuevo la complicidad que inicialmente les unió, comprenderla, cuidarla…

Le comenzó a quitar el vestido. Yoko experimentó entonces repulsión hacia la soledad de aquel hombre que la adoraba y que extasiado, lamía su piel caliente, todavía tersa y suave. Era como un animal grande y feo, abandonado en el arcén de una autopista, pero no podía abrazarlo ni lograba sentir el mínimo ápice de compasión por su sufrimiento. Se dejó desnudar y olvidó por un momento su identidad y quiso abandonarse a esa compulsión física y finalmente sucumbir a la entrega total de su alma. Pero no pudo. No pudo evitar estremecerse cuando sus ojos se encontraron, de pronto. Él le dijo que nunca querría a otra mujer, que nunca podría querer a otra mujer, que nunca volvería a sentir esa paz. Aquel fue un instante fatídico y perfecto.

Acaba conmigo ya, o yo acabaré contigo. 

Las extremidades le pesaban casi tanto como los cimientos sobre los que vivía. ¿Qué contenían esas cuatro paredes?. Sus miedos, sus frustraciones, todo lo que había guardado oculto hasta ese momento en sí misma y que ahora dejaba fluir hacia el exterior, emancipándose, de las pesadillas con las que había infectado su mente, nadando detrás de sus ojos en un río fluorescente y luminoso en el que nunca había dejado a nadie entrar. 

Voy a morir aquí. Voy a morir entre humedad y resentimiento. 
Voy a morir con un hombre del que no estoy enamorada. 
Pero deseo morir.

Las siguientes horas parecieron días, meses, años. Hatori, recostado su torso, se adormeció hasta que su respiración se acompasó con la suya. Su cuerpo. Creía estar viéndolo como si esa fuese la primera vez. Su cuerpo se amoldaba al de ella y aún así lo sentía hueco, como una herida que recientemente acaban de morder otra vez. 

¿Esto es todo?. En efecto esto era lo único que tenía, lo único que ella poseía realmente. Aquí estoy. Aquí me tienes aunque no me tengas. ¿Por qué había deseado tanto tiempo acabar con él y justo ahora no?. No sentía ese amor, no podía sentir el mismo amor que el sentía por ella, no lo sentiría nunca, lo sabía, pero ¿Por qué ya no quería que dejase de quererla?. Todo parecía tan irreal que sintió el impulso de amasar toda su carne con las manos para comprobar sí realmente seguía allí. Y verdaderamente lo estaba y ya no quería que se fuera. Agradeció para sus adentros no haber llegado a sentarse a la mesa ni a beber de sus copas.

Porque, ¿qué haría ella sin él?
Vivir. Sí, ¡Vivir!. 
Pero, ¿y si no estaba preparada para hacerlo?

Presa de esa reciente epifanía se apartó con cuidado de él para no perturbar su sueño, y se dispuso a ponerse en pie. Intuyó que rondarían las siete de la tarde ya que el salón comenzaba a bañarse de dorados y naranjas en sus cuatro esquinas creando un efecto mágico e ilusorio. Aquella era una sensación de lo más placentera, un estímulo bien definido, un viaje de regreso a la humanidad. En ese momento, desnuda y de cara a la ventana, sintió la calma, aquella que únicamente sienten las personas normales, por primera vez en toda su vida. Se dirigió de puntillas hacia las dos copas de saque, y mientras vertía en el fregadero la que le hubiera correspondido a Hatori, saboreaba la suya. Intentaría olvidar todo y seguir. Seguir es lo que siempre había hecho, pero esta vez pensaba en el futuro de otra forma. Depositó las copas vacías en el extremo del fregadero y volvió a atravesar grácil la cocina y el salón  para reunirse con él.

El cuerpo de Hatori. De espaldas y levemente contraído en los músculos de las extremidades inferiores, transmitía una delicadeza inconfundible. Su tez marmórea, asemejada a las estatuas griegas, refulgía bajo las luces de la tarde que continuaban materializándose, cálidas y sensuales en todos los objetos de la habitación. Yoko se arrodilló junto a él y comenzó a acariciarle el cabello con parsimonia desde el principio de la nuca en adelante. Aquello era terciopelo de la piel del melocotón maduro. Siempre le había gustado su pelo, negro y sedoso, y poder entrelazar sus dedos en él para recorrerlo. Hacía tanto tiempo que no se tocaban…

- Despierta, tienes que ver este atardecer, es precioso, pletórica, sentía que necesitaba compartir ese momento con alguien.

Pero él, lejos de reaccionar, permanecía en el suelo sin mover un solo músculo.

- ¿Hatori?

De pronto, como sacudida por el fin de la tarde, la invadió desde la espina dorsal una certidumbre aterradora.

Apoyó sus manos apresuradamente sobre sus hombros y tocó también la espalda. Esta completamente helado y daba la impresión a simple vista al tantear su complexión de que pesaba más de lo normal. Desplazó con mucho esfuerzo el cuerpo hasta dejarlo boca arriba y acercó su oreja hacia el pecho de Hatori, apoyando sus manos en el torso, duro como una piedra. No conseguía escuchar sus latidos y preocupada, aún palpando y presionando en su cuello una y otra vez con ansiedad fue imposible identificar su pulso. Clavó su mirada directamente en la cara de Hatori y experimentó una conmoción al acto. Los ojos cerrados, los labios sinuosamente entreabiertos y amoratados evidenciaban que la sangre había dejado de circular por sus venas. 

- Hatori… -  murmuró de forma casi imperceptible - vamos… despierta, despierta.

Una bombilla de la lámpara que colgaba del techo de pronto explotó. Pasó con cuidado la yema de sus dedos sobre los labios y le fue imposible sentir su aliento, ni el más insignificante resto de vida en ese rostro que vacío, ya no podía ser el de Hatori. Se estremecía ya, temblando de forma incontrolada.

- ¡Despierta, por favor!, elevó el tono, ¡Despierta joder!, presa de la frustración hasta que finalmente se calmó, desistiendo en el intento.

Dejo caer la tensión y los brazos. Permaneció unos segundos inmóvil, sin poder apartar la vista ni sus manos del cuerpo. Pero no lloró, no pudo. Se levantó un tanto aturdida y se envolvió en una bata, tomando asiento cerca de donde seguía boca arriba el cuerpo. Estaba ahí, muerto. 

¿Y ahora qué? , pensó en voz alta sabiendo de antemano que no podría encontrar a ello ninguna respuesta satisfactoria.

Yoko calló. La noche llegaría pronto. Y luego llegaría el silencio. El silencio extinguiéndose en los contornos rojos de ese atardecer corrosivo inyectado en sangre, cada vez más sórdido, cada vez más hiriente. Y luego habría más silencio, y luego no habría nada más.

Y ella calla, y busca, y mira.
Y mira una piscina vacía a través de una ventana cerrada.
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