lunes, 1 de diciembre de 2014

La verdadera tragedia no es estar sola, es no poder ser la compañía



El deseo de acabar con la sensación de estar hibernando para siempre. La impresión de mirar la vida desde lejos, de intentar todo el rato hacer las paces con el mundo. ¿Para qué? ¿Para quién?. La libertad es asfixiante, maldita sea. Esta ciudad te hiela. Te consume…Y es entonces cuando huyes de los muros y de tu propio abrazo opresor. Buscas algo. Pero a ciegas. Quieres comulgar con los otros pero los otros no tienen ningún efecto sobre ti. ¿Qué piensan ellos?. ¿Qué sienten ellos?. Nada. Recibes golpes, sí, pero estos tampoco te dicen nada, estos no tapan tu vergüenza. Y es entonces cuando sabes que te queda poca piel sobre los huesos y realidades que no puedes tocar. Esperas. Esperas que pase algo y lo que ocurre es nada. Y es como si buscaras una nueva excusa para atormentarte, para abrirte de piernas, para destruirte hasta el final. ‘’A veces creo que eres peligrosa incluso para ti misma’’. Y es por eso que te callas, que te alejas, o se alejan, para que todo siga tal y como está. Los matices que nadie ve. La imposibilidad de amputarte las palabras sin hacer sangrar las encías. Igual que el humo que sale de tu boca al exhalar, igual que la ridícula idea de que otra alma perdida sería capaz de quitarte poco a poco el aliento. Que podrías curarte del vacío. Estúpida, suspiras. No sabes cuántas oportunidades has dejado que se tragase el fregadero…. ’Tu problema es que te gusta demasiado tu soledad’’, dicen. Pero ellos no lo saben, no saben que pasarán abismos cuando pases por sus vidas y cuando en silencio te decidas a marchar. Ignoran que la verdadera tragedia no es estar sola, es no poder ser la compañía.
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