domingo, 1 de marzo de 2015

Abuela

Tengo 2 años y digo que me llamo Lala porque Laura es muy difícil de pronunciar. Pero me molesta que los demás me llamen Lala. Lalita, digo. Mi nombre es Lalita. Tengo fleco, me recogen el pelo y me ponen un lazo rojo y alguna prenda de ropa de algodón. La abuela me sienta en el cochecito y me lleva a dar un paseo por La Avenida. Lalita se come una bolsa de barquillos o mordisquea con los dientes de leche una barra de pan. Llegamos hasta la Puntilla y me quedo mirando hacia los columpios. Soy un bebé gordo y bonito, que a veces tiene reflujo, que no escupe nunca el puré de la abuela y que no para de hablar.

Tengo 2 años, digo que me llamo Lala y mi abuela se llama Antonia. Mi abuela es la mujer más buena del mundo. Como las abuelas de los demás. Pero la mía lo es de verdad. He dicho que mi abuela es la mujer más buena del mundo y que es 1963. La abuela, el abuelo y mamá viajan a Canarias en barco desde Venezuela. Es 1963 y mamá tiene dos años. La abuela lleva un baúl de color rosa. A mamá le encanta ese baúl. No llevan nada más. La abuela pasa todo el viaje mareada. Así la recuerda Mamá. Vomitando. La abuela, el abuelo y mamá atraviesan el Atlántico. Llegan a Gran Canaria 13 días después. Duermen en un pequeño apartamento en La Isleta. Comen sentados en ese baúl. Mamá se prueba los vestidos de fiesta que la abuela guarda en el baúl. 

La abuela se llama Antonia. Al abuelo todos le llaman García. El abuelo nació en La Palma. La abuela nació en Tenerife. Los abuelos no saben que día nacieron. Los apuntaron mal en el registro. Mis abuelos son unos abuelos sin cumpleaños. Mi abuelo era el mayor de sus hermanos. Sabe que nació en el 37, pero no sabe nada más. A mi abuela la apuntaron el 21 de septiembre del 37, para que su padre no tuviera que ir a la Guerra Civil, pero en realidad nació un año después. Los abuelos tienen tres hijos. Los abuelos trabajan duro. El abuelo adora cuidar pájaros y lleva a mamá a ver carreras de galgos. Mamá nunca se ha olvidado de las carreras de galgos. Mis abuelos se conocieron en Caracas. Mi abuelo era practicante en una farmacia en Caracas, y con 20 años se conocieron allí. Mis abuelos todavía se quieren. El aniversario de mis abuelos es el 15 de abril.

Tengo 3 años y soy una niña pequeña que vive al lado del mar. Me gusta el sonido del mar. Me gusta el sonido de las olas. Soy una niña que va todos los días con su madre a la casa de su abuela. Tengo 4 años y ahora me llamo Laura. Laurita. Tengo 4 años y todos los días seguimos siempre el mismo camino. Salimos a la calle, cruzamos por el paso de peatón, tomamos un atajo por una calle inmunda o atravesamos la Plaza Farray. En la Plaza Farray hay una fuente con una escultura de dos niños y palmeras que se ven desde la esquina de casa. La tienda de animales sigue existiendo hoy. Papá compró a la perra que teníamos, a Perla, en esa tienda de animales cuando mamá se quedó embarazada de mí. La farmacia sigue existiendo hoy. Pero ya no está aquel quiosco ni el estudio de fotografía. Donde estaba en estudio de fotografía ahora no hay nada. Tengo 4 años y vamos a la casa de la abuela. Llegamos a otra plaza, hay un cartel de correos y una casita terrera de tres colores que parece un pastel. La abuela vive en el 3ºA. La puerta de la cocina es de madera y de cristales gruesos y amarillos en forma circular. La puerta de la cocina nunca se cierra. Hay una mesa blanca que siempre ha estado ahí. Una mesa blanca en la que colocamos mantelitos de tela descoloridos. Todos estos años los he pasado así, sentada en esa mesa blanca con las patas de metal, entre conversaciones y buenos y malos momentos con mi abuela. Era pequeña y a veces deseaba ser mayor, y saber todo de mi abuela, poder contar la historia de mi abuela.

La abuela vive solo para los demás. La abuela no se cuida y a veces se olvida hasta de ella misma. La abuela espera siempre de pie con la puerta abierta mientras me despido con la mano y me voy. La abuela no cierra esa puerta hasta que escucha como entro en el ascensor. La abuela lleva despierta desde antes de que saliese el sol. A mi abuela nunca le duele nada. Mi abuela nunca se queja. Llama al teléfono de mi casa y me pregunta si voy a ir hoy a comer. Dice que todavía tiene guardadas en la nevera unas pocas lentejas. Los dedos le huelen a ajo y tal vez un poco a lejía. La abuela fríe pescado y hace mojo verde para acompañar las papas arrugadas. Lava los platos y yo meto un dedo en la masa de las croquetas que está dejando reposar. Su pelo parece hecho de nubes. Lo lleva corto y blanco. La lleno de trabas y de coleteros y ella finge que duerme. Su pelo es esponjoso. Como el jabón de lavar. Me gusta como huele. Me pregunto si todas las abuelas del mundo olerán como la mía. Me gusta como huele esta cocina. No puedo imaginar otro lugar igual en el mundo. No puedo imaginar como sería el mundo sin mi abuela.

Tengo 5 años y la abuela me recoge del colegio. Espera en la parada a que llegue el ‘’micro’’. Llevo puesto el chándal azul marino del Claret y unas zapatillas superga blancas que me encantan. Pero no me gusta el chándal y por eso siempre pierdo la chaqueta. Hoy tengo una mancha en el pantalón. Del yogurt bebible de la merienda. Me da un beso. Cruzamos los semáforos de Mesa y López y yo la miro desde abajo. Creo que la abuela es una especie de maga, una maga con superpoderes. La abuela es pequeñita pero para mí es enorme. Son las 2 de la tarde y vamos deprisa a casa. Quiero que después de comer me lleve al parque. Soy una niña feliz. Quiero ir al parque y jugar sola. Y que la abuela me mire jugar. Creo que quiero quedarme allí para siempre. Y que la abuela cuide de mí.

Mamá me llama ‘’la princesa de Las Canteras’’. Mamá me llama ‘’la sirena del Charcón’’. Mamá levanta los brazos y dice, ‘’¿Quién es la reina del carnaval?’’. Y yo corro como una moto de un lado a otro del pasillo. Me gusta jugar en casa. Hablarle a las muñecas preciosas que papá me compra en Asís cuando viaja a Madrid. Monto un hospital en la habitación y vendo a todas las muñecas. Me pongo una bata blanca. Cojo el botiquín. Tengo 6 años y también dibujo. Papá me compra blocks enormes y rotuladores de fabber castell. Leo los libros del CAAM que me compra papá y luego continuo dibujando. Dibujo a mis amigas. Dibujo las piscinas naturales que se forman en las rocas de delante de casa. Las dibujo de noche. En noches de verano. Escribo en una esquina del papel ‘’El Charco impresionante’’. Con la abuela juego a ser profesora de inglés. La hago repetir palabras en alto. Si no aprende la lección entonces la peno. Y la abuela aún así me quiere. Vemos películas y representamos las historias de las princesas. Yo lo quiero dirigir todo y la abuela aún así me quiere. Me enfado con la abuela y con la tía Isa porque me quiero poner unos calcetines de color verde que no me pegan con el vestido. Lloro, pero ellas no me dejan salir así.

A la abuela le gusta sentarse en la mesa blanca de la cocina. La abuela saca la máquina de coser y compra algunos metros de tela brillante en El Kilo. A la abuela le encanta el Carnaval y hacernos disfraces. A la abuela le encanta ir al sótano a sacar las cajas con las pelucas, los complementos y la ropa de años atrás. La abuela me hace un disfraz de charlestón, un disfraz de tumbera, unas mallas de leopardo. La abuela ve desde casa la Gala de la Reina y la Gala Drag. La abuela se pone las gafas, enciende la tele y cose durante toda la tarde mientras ve Pasapalabra. Si tengo dinero, pienso, si me encontrara mucho dinero, llevaría a la abuela de viaje. Nos iríamos las dos a algún lugar.

Tengo 7 años y la abuela me ha llevado a la playa. Es Agosto y estoy sudando. Nos sentamos entre las piedras del Charcón y la Playa Chica, y yo me pongo a revolver la arena con los pies. Tengo el pelo rubio y la piel blanca. Y la arena está muy caliente. La abuela lleva un bañador de color carne. Le digo que parece que está desnuda. Y alargo la mano para tocar su bañador. Es suave. Me pone crema. Para que no me queme más. La tarde es de color azul turquesa. Son casi las siete pero no ha anochecido. Nos metemos en el agua. Ella comprueba que no hay aguavivas. El agua está fría y se ven algunos peces en la orilla. La orilla está llena de algas rojizas. A mí no me dan asco las algas. Viene una ola y me coge de una mano, para que yo salte. Y salto, claro. Floto haciendo el muerto. Y ella me espera fuera, de pie, con los abrazos abiertos, sujetando mi toalla de lunares. Tengo arena mojada en la cara. Parece alquitrán. La abuela me limpia. Creo que no quiero crecer.

Me pongo enferma y en la calle llueve y la abuela sale de su casa para venir a ayudar. La abuela se resbala y se rompe el coxis. Pero a la abuela la tardan varios minutos en ayudar. Me pongo enferma siempre y me meten en la bañera. O me quitan las llagas con bastoncillos. Y la abuela me pone paños fríos en la cabeza. Yo hago como que duermo y ella se queda al borde de la cama. Soy solo una niña. Soy una niña que se hace muchas preguntas. Soy una niña especial. Ella me dice que soy una niña especial. Una niña inteligente y emocional. Ahora me invitan a todos los cumpleaños. Me gustan las piscinas de bolas. Me gustan las camas hinchables. Pero no me gusta coger la manzana con la boca, la gallinita ciega, ni el juego de la sillita. Soy una niña que le hace muchas preguntas a su abuela. Soy una niña que ha descubierto muy pronto que va a crecer. Pero que no recuerda en que momento exacto lo descubrió.

Tengo 8 años y mamá y yo vamos a cenar a casa de la abuela. Es lunes, o martes, o miércoles. Estoy cansada porque me duermo tarde y me levanto a las 7. Vamos a cenar a casa de la abuela y yo aún llevo el uniforme verde y gris. Las medias blancas. Mi madre se sienta enfrente mía. La abuela se sienta al lado de mamá. Pasamos por el super y mamá compra una bolsa de pechugas de pollo congeladas. El super está al lado de la casa de la Abuela. El super ha cambiado tres veces de nombre. Ahora es un Hiperdino. Antes se llamaba Más y Más. Pero Mamá y yo le llamábamos Más y Menos. Volvemos a casa y yo llevo la bolsa, como si me hubieran dado un golpe y tuviese que calmar el dolor aplicándome hielo. Llegamos a casa y metemos la bolsa en el congelador.

El tío Carlos conduce hasta el sur. El tío Carlos tiene un coche rojo, manchado en el morro. Yo voy descalza en el coche y me duermo durante unos minutos. Vamos todos al Bungalow de Los Porches. Hay un jardín muy grande, tenemos una piscina que se infla y fuera hay una piscina mucho más grande. De las de verdad. No me dejan ir sola al jardín de atrás del Bungalow. Me da miedo el jardín de atrás. La tía Isa y Mamá me llevan al Centro Comercial el Cita. La abuela me esconde los huevos de pascua en ese jardín. Yo cojo escarabajos y dientes de león. El abuelo compra zumo de grosella, con etiqueta sueca, y quita un avispero del tejado. A la abuela le gusta que vayamos todos al sur. Cuando volvemos cogemos caravana. En la radio suena algo parecido a Caribe Mix 2000 y en una emisora solo repiten ‘’La Tortura’’.

La abuela hace Arepas. Arepas con embutido. Arepas con carne. Arepas con perico. La abuela no tiene apuntada ninguna receta. Pero siempre se acuerda de todo. La abuela habla de Venezuela. Salgo con ella a la calle y vamos a un locutorio. Me agarra del brazo al caminar, como si fuésemos dos novios que caminan hacia el altar. La abuela habla con sus hermanas. La abuela se acuerda de Venezuela. Y a veces se pone triste. Yo veo que se pone triste. Y que llena una maleta y la envía para allá. Hay un retrato en blanco y negro de la abuela en la entrada. El marco es dorado, un dorado gastado. La abuela tiene unos eternos 19 años en el retrato y es la mujer más guapa que he visto en mi vida. Ha escrito en la fotografía algo para sus padres. En la fotografía no sé hacia donde estaba mirando. Observo su letra y no entiendo que pone.

Tengo 8 años y ahora tengo un primo. Se llama Alejandro. No me dejan tocarle la cabeza porque es un bebé y le miro y me parece verle de color lila. Está tapadito dentro de un canasto. Creo que si sigue durmiendo en ese canasto se va a romper. Tengo 9 años y escribo. Escribo a mano. Me gusta escribir historias de terror. Escribo relatos. Escribo poemas. Le leo mis cuentos a la abuela. Soy una niña con mucha imaginación, me dice. Y yo quiero seguir escribiendo. Cuidamos de Ale. A la abuela se le iluminan los ojos con Ale. La abuela le dice ¡Alejandro! justo antes de que haga alguna perrería. La abuela me hace un bocadillo de aguacate para merendar y ella se come una naranja. La abuela se pone a prepararme tortilla para que la lleve a clase para la excursión de esa semana.

Tengo 10 años y no me gusta ir a catequesis. Tampoco me gustan las clases de natación. Voy a catequesis después de las clases de Natación en el Julio Navarro. El coche del abuelo es gris. El coche del abuelo huele a coche y a agua de colonia infantil. Nos cuesta arrancar. Subimos la rampa del garaje y pienso que nos vamos a ir hacia atrás. Tengo fiebre y mamá tiene esa cara. La cara de cuando tengo fiebre. Está preocupada pero está guapa. El abuelo nos lleva en coche hasta Arucas. Vamos al médico en Arucas. No me gusta ese hospital. No me gusta ver niños en los hospitales. Pero me porto bien. El abuelo aparece cargado con helados. Lleva una boina marrón. Lo miro y me imagino que es un actor famoso. De los que aparecen en las películas del oeste de la 1,  y que ahora nos ha venido a salvar.

Tengo 11 años y no sé cuando dejé de ser una niña. Pero sueño. No dejo que todos entren en mis sueños. Pero a mi abuela sí. Mi abuela me hace trenzas con elásticos en el pelo. Tengo 11 años y es Semana Santa. Es Semana Santa y la abuela va a ver alguna procesión y entra en misa. La abuela sabe que yo no creo en Dios. Creo que no hay nada que la abuela no sepa de mí. La abuela se maquilla y se pone un suéter de Punto Roma. Son las cuatro de la tarde y mi abuelo está recostado en el sillón. Mamá y la tía Isa están ojeando revistas en la sala de estar. Llévale un vasito de café a tu abuelo, me dice.  Y yo la miro y pienso que está más guapa que Meryl Streep. Llega Ale del cole y mamá le hace reír. Mamá le cuenta chistes y le dice disparates. La abuela se ríe y dice que si no para se va a mear encima.

Es Navidad y tengo 12 años. La abuela sabe que ya no me gusta la Navidad. Que lo único que me gusta de la Navidad es saber que ella estará feliz celebrándola. Que semanas antes se pondrá a decorar la casa, con figuritas de Papa Noel y de los camellos de los Reyes Magos. Que sacará la vajilla de todas las fiestas. Que montará el árbol más alto y más bonito de toda la ciudad. Y que se volverá loca para comprarnos los regalos. Comprará langostinos, comprará solomillo. Hará salsas de frutos secos y de chocolate. Paseará por el rastro y por el Corte Inglés. Llevará tappers de comida al rastro. Las Nocheviejas en casa de la abuela son divertidas. El tío Carlos tira petardos. El abuelo ve monólogos de Manolo Viera en la televisión Canaria y la abuela saca bolsas con cotillón.

Tengo 13 años y me gusta estudiar. Pero a veces lo paso mal en el colegio. No me gusta como son las niñas de mi edad. No conecto con la gente. Tengo 13 años y me saco fotos en la azotea. Hay muchas cosas que no entiendo y a veces lo paso mal. La abuela me llama y me pregunta si hoy voy a comer. Ahora tengo 14 años y tal vez descuido algo a mis padres. Tengo 14 años y tal vez descuido a mis abuelos. Necesito a la abuela aunque no se lo digo. Porque hay cosas que no sé decir. Pero la abuela sabe que la necesito. La abuela tiene el corazón más grande que hay. La abuela tiene un corazón tan grande que por eso un día le falló. Pero se recupera. La abuela siempre se recupera. La abuela vuelve a casa. La siguiente Nochevieja al salir del hospital la abuela está con nosotros, y mamá llora cuando la abuela saca las bolsas con el cotillón.

Tengo 17 años y ahora soy pelirroja. Qué rojo, dijo la abuela. Sí, abuela, me gusta que esté así de rojo. Y poco después se acostumbró. Papá me recoge en coche al salir de clase y me lleva con la abuela. Como todos los días con la abuela. La abuela me espera para comer. Llego cansada pero la abuela siempre está ahí. Y está ahí aunque sepa que hay algo en mí que no me deja ser con nadie del todo cariñosa. Tengo 18 años y me voy a orlar. Llevo un vestido negro largo y la abuela está allí. Están todos allí. Están todos orgullos de mí. Llevo un vestido negro y apenas me saco fotos. Estoy guapa, me dice. La abuela está orgullosa. Me gusta que la abuela esté orgullosa de mí.

Ha acabado el verano y me siento en el sofá amarillo del salón. La ventana está abierta. Respiro el olor a salitre de las últimas horas de la tarde. Pero las cortinas blancas no se mueven. Me levanto. Doy vueltas por la habitación. Termino de meter algunas cosas en las bolsas. Me quiero volver a sentar. Quiero quedarme completamente quieta. Y que no pase nada más. Mamá está ahí y se enciende un cigarro. Como cuando fuma con la mirada perdida, con las piernas encima de la mesa. La abuela está ahí. Las dos lloran. ¡Cómo si me fuera a la guerra!, pienso. Y lo digo en voz alta. Yo también lloro. Y me río. A la vez. Cómo si me enfadara verlas llorar. Creo que estoy asustada. Mañana me voy a la Universidad y les digo que no lloren. Que no lloren. Que son solo cuatro meses. Que voy a volver. Pero la abuela llora y saca un pañuelo. Pienso que no puedo acordarme de otras veces, que no recuerdo otras veces en las que la haya visto llorar. Aunque ella nos haya visto llorar a todos. Aunque sin duda ella me ha visto llorar a mí muchas veces.

Vuelve a ser Navidad y tengo 19 años. Me sigue sin gustar la Navidad. Pero me alegro de volver a sentirme en casa. La abuela está igual de enérgica que siempre. Levanta ella sola el recipiente de la sopa y lo lleva hasta el salón. Tose. Yo le digo que se siente. Que descanse. Pero a la abuela no le gusta descansar. A la abuela lo que le gusta es vernos comer, como si no hubiera mañana. Le gusta preguntar si quiero algo más. Si me he quedado con hambre. Me cuenta todo lo que hay de postre. Y yo me enfado. Me enfado porque no tengo su paciencia. Y porque no entiendo por qué ella no entiende que ya no puedo tener más hambre. Me enfado porque digo ‘’coño’’, ‘’joder’’, ‘’mierda’’, y a ella no le gusta que hable mal. Me enfado ahora porque me queda poco para cumplir 20 años. Y me enfado porque en parte todavía tengo algo de niña. Aunque me haya convertido en una mujer. Y me enfado porque la abuela está en el hospital. La abuela está en el hospital. Mamá no duerme y mira el reloj. A mamá a veces le dan miedo los números capicúa. Su propio nombre es capicúa. Pero nosotras no somos de las que tienen miedo. No tenemos miedo. 

La abuela está en el hospital, mamá no duerme y yo escribo. Y escribo porque yo no estoy en el hospital. Y escribo porque mi abuela es la mujer más buena del mundo. Y escribo porque soy fuerte. Porque mi abuela es fuerte. Y por eso y por ella escribo. 
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