jueves, 25 de febrero de 2016

La cena








Me preguntas si tengo hambre y lo haces impaciente, dejando ver entre dientes un alma oxidada en donde se reflejan todas las miserias de la humanidad. De vez en cuando muerdes y mientras tanto yo, añoro las cenas solitarias delante del televisor y recuerdo aquella vida tristemente pausada y mortal, en la que solía ser una niña con incisivos de leche. 

Estamos sentados frente a frente y erguida en esta silla, me convierto en un juguete. Cómo podría siquiera tragar, si apenas puedo asumir mi propia deformidad. Que mi estómago está hecho de plástico y que por dentro estoy hueca. 

Cómo podría siquiera masticar, si apenas puedo saborear las sobras de la culpa y del reproche. Y si ahora me rugen las entrañas, será solo porque del brazo inerte me llevas y me arrastras. Desordenas la existencia de quien te acompaña, y ejecutas horror y desdicha con un solo parpadeo. Nadie sino tú conoce las llamas, los abismos que se me inflaman en el pecho. Y estos platos queman y están llenos. Eres mentira, abandono y miedo. Eres noches sin cielos ni ventanas y mantequilla rancia sobre labios complacientes. E incluso entonces si me pides una copa, no te la niego. Te dejo que invoques con las yemas de los dedos, las nuevas pesadillas que se comen a mis viejos sueños. Sonríes, abres este silencio como quien abre con un cuchillo de doble filo una naranja. Porque al fin y al cabo tu silencio no es más que eso, fruta podrida que llevarse a la boca, bocados tibios que no saben a nada. Cómo podría siquiera salivar, si apenas puedo soportar la agria deglución de las horas de paz falsa, que luego seguirán a la sobremesa. A la luz sin brillo de las velas se atenúa nuestra fealdad. Soy un monstruo igual que tú. Somos muertos que cenan.

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