martes, 5 de abril de 2016

Parasomnias





Nunca tomé en serio el cuento del monstruo que se escondía debajo de la cama. Todo el asunto me daba risa, las amenaza constante de su presencia, el ávido apetito por la carne caliente y la necesidad de habitar en los lugares sin nombre. A mí aquello no me parecía un cuento de miedo, sino de amor. Y en efecto era un cuento triste, porque nunca se presentaba cuando estaba despierta y ni siquiera sabía si reconocería su alma. Y así, de vez en cuando la penumbra se esforzaba por conjurarle, deslizándose precipitadamente hasta mí ruidos y quejidos que querían rozarme la piel por dentro de la colcha. Ahora no sé si aquellas eran las palabras del monstruo o si venían desde lejos, si tan solo se trataba del eco del silencio cuajado en los oídos. Y aquel otro que acostumbraba a ocultarse en el armario parecía asomar entonces la cabeza, intentando salir también del letargo al que yo misma le había condenado al no creer en su existencia. En cierto sentido trágico, ya no importaba cual fuese el monstruo que decidiera visitarme. Como para el resto de las cosas, mis ojos no permanecían demasiado tiempo abiertos, nunca llegaban a alcanzar su imagen. 

Mientras tanto me conformaba con esa sensación de ingravidez flotante, con la intermitente ilusión de que a pesar de quedarse quieto, uno se encontraba siempre al borde de caerse de la cama; y que la mía, casi precipicio, era un lugar demasiado hostil para pasar en vela toda una vida de insomnio. Sí, la adrenalina de no haber pegado ojo. La sensación más parecida a volar a ras de suelo. En ocasiones imagino que tú también lo haces. Que también tu voz aletea a través de los espacios de mi mente y nos despega de los sucios senderos de esta realidad mientras que dura nuestro viaje. Que de pronto juegas a ser una bestia de ojos claros, tentado por los terrores infantiles que rebrotan caprichosos en la madrugada, correteando por los lugares más olvidados de los cuerpos. No, no me preocupa asustar a la niña que llevo dentro. Estoy tranquila, debajo de mí solo duermen algunas cajas y maletas viejas, y entre todo mi armario no hay más que un par de medias vacías o apenas un conjunto de lencería de encaje negro, las únicas prendas que al monstruo le podrían interesar.  

Lo que hay encima de mí ya es otra historia. A veces estás tú, a veces la luna o el techo que me hace prisionera del dormitorio. Incluso diría que hay días en los que estos muros han encerrado a las aglomeraciones de estrellas que solían caberte en la boca. Pero a veces hay horas más oscuras que las sombras en esta tierra y mi mano no te encuentra. Supongo que la sangre te llama a cruzar la calle y que piensas que a mí ya deben de haberme llevado los sueños, o los demonios. Pero la ausencia sigue obstinada y despierta. A veces también hay pesadillas que crecen igual que la mala hierba y párpados cansados y frente que te piensa sin coger aire durante toda la noche. Porque eso es lo que sucede cuando no respiro nada de ti, sino sábanas blancas dispuestas para hundirse en la vigilia a cara descubierta. Y después de todo, si el monstruo fuera real, si aquí hubiera algún monstruo de verdad le diría que ya es hora de perder la vergüenza, le pediría que encendiese la luz. Quiero que me mire. Quiero ver si eres tú. 

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