domingo, 7 de agosto de 2016

El juego





''Yo no puedo callar cuando el corazón me da gritos''
- Fiodor Dostoievski



Entonces también era verano. Era verano y el juego al que jugábamos era una lucha cuerpo a cuerpo. Compartíamos cama y excusas como si el amor y el sexo fueran una estrategia pactada desde el principio. Como si su saliva en la punta de mis dedos hubiera bastado para entender el complicado lenguaje de los apetitos.


Entonces el calor lo invadía todo y el fuego nos subía a la cabeza hasta que la fiebre rompía.


En aquellos días sobrevivíamos abrazados al calor del mediodía por miedo a dejar salir la verdad del pecho. A que aquel desorden de sentimientos rompiese todas las ventanas que hasta ese momento habían permanecidos cerradas. No sé si por asco, no sé si por impotencia. Pero en aquellos días aprendimos a poner la misma cara frente al mundo y a tolerar la soledad del otro en silencio.

Y jugábamos a eso.


Jugábamos a un juego cruel, como el niño que por malicia o curiosidad retuerce las alas de una mariposa que no puede volar. Nunca quedó claro lo que estaba prohibido. Nunca quedó claro quien interpretaba cada papel o si en la confusión de la noche nos intercambiábamos las máscaras y el débil hacía de fuerte durante unos minutos.


Un verano cualquiera. Un día cualquiera, el juego terminó a favor del orgullo y cambiamos las viejas costumbres por sentarnos de espaldas. Tal vez el juego dejó de divertirle, hizo demasiado tiempo de niño pero creció. Y yo me cansé de ser la mariposa que no habitaba en el estómago de nadie.


No despareció de pronto. Tuvieron que pasar meses, tuvieron que pasar años hasta que dejé de reconocer su maldito olor a caos entre la gente. Hasta que quedó borrada cualquier evidencia de su paso. Había desaparecido y lo había hecho sin gritos ni portazo. Sin dejar ningún mensaje, ninguna famélica esperanza a la que agarrarse tras su huida lenta y sin razón.


Cuando quise darme cuenta, la rabia que había ocupado el lugar en donde él solía estar, cicatrizó hasta volver a ser un simple trozo de piel que protegía de los golpes a los huesos. Después ya nunca más existió.




Ahora también es verano.


Es verano y hace tiempo que dejamos de jugar. Esta vez la nostalgia parece haberse quedado a vivir a medio camino entre el cuesta arriba del olvido y el de la indiferencia. Por lo demás casi nada ha cambiado. El sol sigue quemando en la cara. Su ausencia me hace sudar de vez en cuando y la voz le tiembla en mi memoria como tiemblan todas aquellas grandes historias que no tuvieron el final que merecían.


Estos días he estado pensándole entre mis letras sin que ninguna tristeza extraña me haya manchado las manos de tinta. Supongo que por fin la culpa ha dejado de ocupar tanto espacio. Que ya no prefiero el dolor con mayúsculas cuando el enfrentamiento es entre mi ego y su recuerdo, ni cuando en los días malos mi infierno queda a las puertas de su paraíso.


Lo cierto es que ya a penas escribo y estos días lo hago casi por la obligación de recordarle. Creo que ni siquiera le echo de menos y las pocas veces que me pasa, lo hago mal y con faltas de ortografía, incapaz de entender en qué consiste este juego de adultos.




No puedo hablar de él en voz alta. Me duele que otra persona le de vida a su fantasma en una conversación, justo cuando ya me he vaciado la boca de su nombre y he dejado que las palabras se muden de esquina haciendo de tripas corazón. O cuando he dejado abandonado el corazón en cualquier esquina. 


Quizás se marchó de esta ciudad. Quizás ya no vive en casa de sus padres, cambió de número de teléfono, de vicios y de amigos y dejó de necesitar pensarme en las terribles madrugadas de insomnio. Quizás dejó de respirar, aunque si aún lo hace, ahora mismo debe haber alguien a su lado a quien le falte el aire. De eso estoy segura.  
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Entradas

Follow by Email