lunes, 7 de noviembre de 2016

Mientras dormías







''Siento que estoy en el mundo equivocado. 
Porque no pertenezco a un mundo donde no terminamos juntos. 
Hay universos paralelos ahí afuera donde esto no sucedió''. 
- Comet




Me he soñado tantas veces de vuelta en aquel lugar. Sé que lo he soñado porque no parecía un sueño. Esta vez había despertado sin signos aparentes de lucha, con la frente intacta y las manos ligeras. Ni siquiera apareció esa recurrente huella fría de sudor sobre el pecho, nada que indicara haber estado maldiciendo entre dientes mientras la madrugada palidecía. Diría incluso que aquellas horas transcurrieron mientras yo tenía los ojos abiertos, pero lo cierto es que sin haberme dado cuenta, había descansado hasta las doce del mediodía.

Al incorporarme nací de nuevo, como si llevara meses viajando a través del espacio y del tiempo. Creo que entonces y que también ahora, siempre he tenido un gran problema para diferenciar la realidad de la fantasía.

Hubo un tiempo en el que dormía sin sueños, un periodo de paz que se decía a sí mismo perpetuo. Entonces la conciencia plena de las cosas, de las cosas que se podían tocar, se fundía con la irrealidad en una conjunción perfecta, en una especie de milagro que se hizo cuerpo. Claro que ese cuerpo no era el mío. Pero para mí aquel tampoco era un cuerpo que hubiera venido de una matriz, sino que habría salido de una dimensión paralela y desde las propias raíces de la tierra, que habría trepado confuso desde años de abandono hasta entrar dentro del mío y sentirse seguro. ¿Cómo podría haber sabido yo que era humana su presencia?. Me necesitaba, sí. Aunque rara vez lo decía. Preferíamos hacernos compañía en silencio ante el temor de que quebrara esa onírica burbuja que habíamos construido a base de fascinación y entrega mutua. Nunca he vuelto a sentirme así. Y dudo mucho que pueda volver a hacerlo.


Tenía 17 años la primera vez que le vi. Entonces escribía como nunca más he podido volver a escribir. Me pasaba noches enteras despierta, escribía como si estuviera enferma y los días largos fuesen solo el producto envenenado de mi imaginación. Pero él era real. No buscábamos el sentido. Con aquella edad nadie puede llevar la cuenta del tiempo y el tiempo se movía a tal velocidad, que si te parabas a respirar podías quedarte el último. De ahí que los meses nos parecieran años y que pensáramos que eso era la vida. La vida era ráfaga de viento y la vida era sueño y por eso dormíamos juntos. Y en algún punto del encuentro algo más aparecía. Sí, quizás era él de nuevo, que esta vez se había deslizado por el hueco de la tristeza que mucho antes habíamos escondido bajo las sábanas. Quizás yo, que le había dado la vuelta a la almohada, asfixiada por un calor que venía desde dentro. Supongo que tú también sabes de lo que hablo. Que tú también has huido de lugares como ese, que tú también te has ido de personas al encontrarte de pronto expuesto. Y está ese instante que termina por romperse, tal vez como un llanto o simplemente como un reproche absurdo. Justo ahí, en el centro de la vigilia, dando vueltas alrededor de un cansancio amargo.  


Tenía 18 años cuando sufrí mi peor época de insomnio. Tenía 18 años cuando me arrancaron algo y el amor romántico se vació de significado y se quedó vagando por una distancia de más de 1000 kilómetros. Escribir se convirtió entonces una prueba de fuerza pero me avergonzaba mi dolor. Vergüenza, sí. Porque no quería ni podía volver a querer. Pero lo hice. Mal y muchas veces. Porque volveré a hacerlo. Hasta el punto de inflexión. Hasta regresar a aquel lugar con el que siempre sueño. Aquel lugar que cada vez recuerdo peor.



Ahora, cuando paso las noches inciertas sola y boca arriba y tengo un sabor desconocido en la lengua, me gusta pensar que existe un lugar del mundo, quizás no de este mundo, quizás fuera de esta realidad, donde sé que él todavía existe. Donde todavía existo yo. Donde existimos por momentos. Donde aún podemos dormir juntos.
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