miércoles, 21 de junio de 2017

Las horas después de la fiesta parte IV







''El número al que llama no existe’’


***

El planeta del que llamas debe estar fuera del Sistema Solar…. Un planeta en el que siempre estamos girando alrededor de nosotros mismos, un planeta en el que no podemos volvernos a tocar. Tengo la sensación de que estás todo lo lejos que alguien puede estar cuando ese alguien se ausenta. No me atribuyas intenciones mezquinas, yo tampoco soy de piedra. Me alegra saber que aún respiras y que ya no hablas de dolor sino de inercia. Supongo que ahora eres tú la que sabe, que ese aburrimiento y ese asco que sientes es compartido. Que a mí también me pesar respirar y respirar me pesa mucho más de lo que te imaginas.

Dices que estás viviendo en el planeta equivocado, pero quizás el que está viviendo ahí soy yo y hasta ahora no me había dado cuenta. Y es que, si te digo verdad, desde que me fui de tu lado, en vez de a un planeta, esto se le parece mucho más a un agujero negro. Revisar mi buzón de voz y encontrar ahí la tuya ha sido algo demasiado parecido. Algo que tiene tu misma intensidad. Algo que pasa de largo y lo absorbe todo con infinita crueldad.

Por si te interesa saberlo, la cara que he puesto al escuchar tu mensaje es la misma que puse la última vez que te vi. Y no, no es de sorpresa. Es de puro vacío y resignación. Yo también he bebido más de la cuenta y no es ninguna novedad que a las 6 y media de la mañana te me aparezcas sin que te me aparezcas de verdad.  

Te preguntarás por qué te he respondido, verás, el caso es que yo tampoco lo sé… El caso es que sé que debería haber hecho muchas cosas que no hice.

Al menos en algo estamos de acuerdo. Yo cuando más me siento como algo que una vez estuvo dentro de ti, es cuando está terminando una fiesta. Es algo extraño porque durante la fiesta nunca pienso en ti, hasta que la música deja de sonar tu recuerdo no me molesta. El camino de regreso a casa ya es otra historia. A ti aquí tampoco te conocen ni árboles, ni las plazas, ni las fuentes, pero los ruidos de mi alrededor son más acojonantes que el silencio.

Te preguntarás por qué te he respondido. Supongo que te he respondido porque aunque el tuyo esté roto, tienes un hogar. Y yo en este mundo no tengo un lugar favorito ni refugio. 

Me gustaría poder decir que me dejé la piel en la tuya y que me equivoqué. Pero lo más absurdo que he hecho durante este tiempo ha sido no hacer absolutamente nada. No echarle huevos, no mover un puto dedo. Tal vez esto será a ti a la que le sonará a locura, pero créeme, eso es mucho peor que haber cometido cualquiera de los innumerables errores que tú cometiste conmigo. Entre nosotros la felicidad si era una elección y cualquier castigo nunca fue suficiente. No deberías castigarte más. Al final tú has sobrevivido y sobrevivirás siempre a las heridas y a los golpes. Soy yo el que se ha quedado entero y solo. Y ahora, dime, ¿de qué me sirve eso?

Estoy parado en un descampado de camino a casa. No hay flores amarillas y encima de mí el cielo no se ha vuelto de color naranja, sino rojo. Te describiría con palabras lo que me queda de ese futuro con el que soñabas, cuando soñabas con estar aquí, pero a ti siempre se te dio mejor hablar de imposibles.

¿Dónde estarás tú esta noche?

Aquí no hay rastro de tu mar y menos mal porque de haberlo, de seguro que me ahogaría. Hoy he pensado en lo mucho que extrañabas el mar y en lo poco que entendía que intentaras escucharlo apoyando tu cabeza en mi pecho. Tú siempre fuiste una buena nadadora. Eras la más rápida y la más fuerte. Pero me asustaba lo profundo que podías llegar a hundirte a veces. Supongo que entonces nadabas por los dos y que yo era el peso muerto de la relación, el que sentía el agua al cuello.

Ha amanecido hace ya rato. Este no es un amanecer de película, pero al menos no es tan triste como el tuyo. Al menos mis ojos siguen estando en el mismo sitio, mirando cualquier cosa con tal de no mirar a nadie como te miraba a ti. Pero no he llorado ni esta noche ni nunca. Supongo que esta es la única promesa que cumplí. Aquí el cielo tampoco hace más promesas, pero sí se pregunta dónde estarás ahora. Donde quiera que estés, sigo confundiendo los efectos del alcohol con mi amor por otras mujeres y la distancia de la que hablas incluso se queda corta.

Te preguntarás por qué te he contestado, por qué te he contestado precisamente yo, que me empeño por llamar al presente con un nombre con el que el pasado parece que nunca existió

A veces el presente tiene muchos nombres. A veces se llama Ana, Cristina, Raquel o Julia. Tiene muchos nombres y no me importa qué día de la semana sea, que venga cuando la llamo depende solo de mi orgullo. A nosotros siempre nos ha resultado demasiado fácil reconocemos en cualquiera. A ti tampoco se te parece nada. No tiene ni tu pelo, ni tu sensibilidad, ni tu risa. Quizás lo habrás adivinado. Pero en mi caso no se queda a pasar los domingos, en muchas ocasiones me falta calor y el el sexo no es lo mismo, nunca es lo mismo.

Lo que sé bien es que te amé mucho y mal y que por primera vez ya no prefiero lo contrario al amor. Lo contrario al amor no es el odio o la indiferencia, lo contrario al amor es el miedo. Y con miedo no se puede vivir. Aquí también se hace de día. Debo colgar, hacer lo que tú. Irme a casa a olvidar y a dormir. Aquí también se ha hecho de día y en este día no hay palabras perfectas para despedirse.

Donde quiera que estés, dos veces adiós. No me desees suerte, un día la tuve y la perdí.

domingo, 18 de junio de 2017

Las horas después de la fiesta, parte III



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’Él número al que llama no está disponible en este momento, por favor, deje su mensaje después de la señal’’

***

Tengo la sensación de que te estoy llamando desde otro planeta... Desde que no contestas tengo la sensación de que estoy viviendo en el planeta equivocado. Un planeta en el que siempre estás comunicando, un planeta en el que siempre salta el buzón de voz. Extraño tu voz cada vez que respiro y respiro todo el tiempo. Seguramente reconocerás mi voz en seguida. Seguramente al escuchar la primera palabra sabrás que soy yo, maldecirás entre dientes e identificarás al momento ese acento familiar que antes te dolía tanto en el pecho.

No sé qué cara pondrás al escuchar este mensaje, no sé qué cara hay que poner cuando es el pasado el que te llama sin previo aviso, después de haber bebido más de la cuenta y a eso de las 6 y media de la mañana. Supongo que te extrañará saber que sigo respirando. La verdad es que, a mí, después de todo, también me sorprende. Pero como ves, respiro. Respiro y respiro todo el tiempo, pero lo hago por inercia, por asco y por aburrimiento.  

Te preguntarás por qué te he llamado, verás, el caso es que ni siquiera yo lo sé… El caso es que siempre me siento así a esta hora.

Cuando más me siento como algo que una vez fue parte de ti, es cuando regreso a casa después de una fiesta. Hoy no he ido directamente a casa. Necesitaba pasar primero por la playa. Necesitaba pasar primero por la playa porque siento que esta persona que soy ahora, ya no soy yo. Siento que estoy fingiendo con todos y todo el tiempo. Hoy ha sido una de esas noches en las que no me ha faltado de nada, pero en la que me faltabas tú. Una de esas noches en las que me han sobrado cumplidos y hasta los tacones y el maquillaje. Me imagino que todo esto te parecerá una locura, ¿no? Siempre te lo parecía…

Te preguntarás por qué te he llamado. Quizás te he llamado porque he venido a esta playa y porque esta playa es mi lugar favorito del mundo.

Me he sentado en la arena a observar el mar. Sé que hay mucha gente que lo piensa, pero yo nunca he pensado que el mar esté sobrevalorado. De noche es cuando más me gusta. Me gusta su profundidad y la forma en la que la espuma del oleaje se pierde contra las rocas. Algo así como la tormenta y la calma que viene después.  Algo así como esa sensación. Hay en ello cierta rabia y melancolía que me recuerda demasiado que esta ciudad y que esta playa, no te conocen. Algo así. Solo que aquí todavía no ha llegado la calma.

Lo más absurdo que he hecho durante este tiempo es volver a reproducir los últimos audios que me enviaste. Es irónico, porque antes me ponían enferma muchas de las cosas que decías. Antes me ponía enferma al escuchar tus contantes enfados, tus celos irracionales, tus reproches. Ahora, con tal de escucharte una vez más, soy como un niño sujetando una caracola contra su oreja, esperando que algo o alguien responda desde el otro lado.

Es evidente que me estoy castigando por no castigarte a ti y ahora lo sabes. Ahora sabes que lo más triste que he hecho durante este tiempo, es preferir un insulto antes que un silencio. Supongo que esto me pasa por masoquista emocional, tú mismo me lo decías. Que mi dolor era algo autoimpuesto, algo que estaba en mi mano cambiar, que la felicidad era una elección personal. Y me lo decías tú, el que al final me enseñó que hay cosas que duelen mucho más que una hostia en la cara. Supongo que a veces tenías razón y que mi problema es que encuentro algún tipo de placer al sentirme herida. Puede ser... Supongo que el golpe que recibí cuando te fuiste no me pareció suficiente. Aquel golpe fue el detonante y por eso desde entonces he necesitado más y más y más. Hoy he pedido más. Hoy este vacío que acompaña a la humillación sigue sin parecerme suficiente.

Sigo sentada frente al mar. Pronto amanecerá. El de hoy será un amanecer increíble, como aquellos que te describía y que soñabas con poder ver algún día conmigo, sentados en la arena, justo desde aquí. Ahora estoy sola y creo que los efectos del alcohol y mi amor por ti empiezan a desvanecerse. No sé a donde van a irse. Me da pena, ¿sabes por qué? Porque el cielo se abre como si existiera una oportunidad para empezar de nuevo, una oportunidad para todos, pero es mentira. De verdad, si pudieras ver lo hermoso que es este amanecer… sé que tú también llorarías.

¿Dónde estarás tú esta noche?

Me pregunto dónde estarás ahora. Donde quiera que estés, supongo que aquí sigue siendo una hora menos y que entre nosotros la distancia que existe es una distancia de años luz. Y que eso va a ser así para siempre. Donde tú vives no hay mar, así que no sé qué estarás mirando. Tal vez un campo de flores amarillas, tal vez una calle desierta después de una fiesta, tal vez el cielo volviéndose naranja, tal vez tus ojos en otros ojos. Supongo que no lo sabré nunca. 

Antes solía imaginar tu mundo de esa forma. Pero no sé qué ruidos hay alrededor de tu mundo ahora mismo. Aquí lo único que se escucha es el sonido de la marea. El resto es silencio y el silencio no hace ningún ruido, puedes imaginártelo, pero hoy el silencio es tan grande que da miedo. Así se sentía nuestra relación, ¿sabes? Como cuando sube y cuando baja la marea. Siempre había algo que buscaba anclarse a la orilla y que terminaba borrándose.

Te preguntarás por qué te he llamado, por qué te he llamado precisamente yo, que mi nombre es el nombre que tú, en tu presente, le has dado al pasado.

A veces el presente tiene muchos nombres. A veces se llama Alejandro o Carlos o Hugo o Jorge… Tiene muchos nombres, depende de si le llamo un jueves, un viernes o un sábado por la noche. Siempre viene cuando le llamo. Pero nunca se llama amor. Nunca tiene tu nombre. Últimamente se ha quedado por aquí a pasar los domingos, se despierta y desayuna conmigo. No se parece en nada a ti y eso es lo mejor que me podría haber pasado y al mismo tiempo lo más terrible. Pero a veces he creído reconocerte en él, no lo sé. Quizás solo en un gesto, quizás solo en un abrazo. Apareces sobre todo ahí, en el calor de después del sexo y en esos abrazos que se dan por espalda.

Lo que sé bien es que no amaré de nuevo, porque no quiero, ni puedo. Prefiero el mar. El mar no pide permiso y tampoco pide disculpas. El mar no se va, aunque seas tú el que te vayas y regreses después de cien años de soledad, el mar siempre estará siempre en el mismo sitio. El mar estará siempre esperando a que se haga de día, como hoy. Se ha hecho de día, debo colgar e irme a casa a olvidar y a dormir. Suficiente mar por hoy. Sabes, el mar contiene esas palabras perfectas para despedirse. Esas palabras que pocas veces se utilizan para despedirse cuando despedirse es para siempre.

Donde quiera que estés, adiós. Y suerte, por si algún día me necesitas.

miércoles, 14 de junio de 2017

La pecera




''Benditos sean los olvidadizos pues superan incluso sus propios errores''

-Eterno resplandor de una mente sin recuerdos  



***


''Jouska: una conversación hipotética que surge compulsivamente una y otra vez en tu cabeza'' 





- Me gustaría contarte una historia 

- ¿Qué tipo de historia?

- No es una historia fácil de contar. Es el tipo de historia que normalmente suelo escribir

- Me encantaría escucharla, las historias que escribes son las historias que más me gustan

- Verás, esta es una historia sobre dos personas. Esta es una historia sobre dos personas que se inventaron un mundo nuevo que era solo para ellos y lo inventaron dentro de una casa. La casa no tenía más de cincuenta metros cuadrados. Era una casa muy cálida para el invierno. Tenían mantas de sobra y siempre había comida al fuego. Fumaban mucho. Bebían mucho. Follaban de día y de noche. Follaban todo el tiempo y luego se quedaban dormidos y luego todo era fácil. Y luego todo era tan fácil, que hasta las cosas más pequeñas y rutinarias parecían una aventura. Las cosas más normales que te puedas imaginar, era como si lo estuvieran viviendo todo por primera vez. Cosas como poner una lavadora, planear viajes, darse las gracias o desayunar espinacas cada mañana.

- ¿Cómo eran ellos? Quiero imaginarme cómo eran 

- Eran felices. Eran muy felices. Él era guapísimo e inquieto, se le notaba sobre todo en las manos y en los ojos, sudaba mucho y le costaba mantener el contacto visual con ella porque se sentía intimidado. A veces tenía un carácter de mierda, pero a ella que encantaba que tuviese tanta sangre en las venas, la forma en la que se revelaba, así le recordaba la parte no dolorosa de lo que era sentirse viva... Ella era preciosa y muy inteligente, él se lo decía siempre. Le decía que era demasiado preciosa e inteligente para su propio bien. Tenía unas manías un poco extrañas, unas manías que a él le hacían mucha gracia. A él le gustaba su intensidad, la pasión que le ponía a todo lo que hacía. ‘’Sabes hacer de todo y lo haces todo bien’’, eso le decía. Le gustaba que hablase todo el rato sin parar y que tuviera una respuesta para cualquier tema de conversación. Podían pasarse horas desnudos. Podían pasarse horas hablando. Afuera podía salir el sol, podía llover o nevar, pero la casa era un refugio.

- Él la quería, ¿verdad?

 - Sí, claro que la quería. Él estaba muy enamorado de ella.  La amaba con esa clase de amor que no se ve por la calle. La amaba con esa clase de amor que ni siquiera existe en los libros o en las películas. Él estaba loco por ella, sabes. Hacía cualquier cosa por ella. Incluso una noche, le prometió que la querría siempre. Se lo prometió a viva voz y luego, un poco más tarde, se lo prometió debajo de las sábanas, temblando, como si fuera un crío escondiéndose del hombre del saco. Y después de eso ella no pudo dormir en toda la noche, porque no sabía qué hacer con tanta felicidad.  

- Cuéntame más. Suena maravilloso. 

- Sí, era maravilloso. Fue maravilloso durante un tiempo. Pero un día llegó el calor al mundo de afuera y dentro de la casa comenzó a hacer frío. El frío les pilló por sorpresa. Entonces él comenzó a desconfiar de todo. Comenzó a cuestionarse el amor que ella sentía. La imagimaba con otros y eso le llenaba de ira. Veía monstruos donde no los había. Veía monstruos porque tenía un miedo horrible a perderla. Y la perdió. Bueno, casi la perdió. Ocurrió algo, algo se rompió. Él había roto algo y aquel mundo se separó por la mitad, pero siguieron juntos. Porque eso es lo que hacían siempre, recoger pedazos rotos del suelo y pegarlos entre los dos. Hubo muchas disculpas y muchas promesas entonces. Siguieron adelante y durante un tiempo creyeron que todo había vuelto a ser tan fácil como antes. Pero luego volvieron los monstruos. Luego volvieron los monstruos porque realmente siempre habían estado allí...

- No lo entiendo, ¿por qué no pudieron arreglar eso que se había roto?

- Él había cambiado. Ya no le divertía escucharla. Ya no pensaba que fuese perfecta. Ya no pensaba que fuese preciosa e inteligente. Ahora solo podía verla como una persona triste. Entonces él comenzó a odiar sus manías. No soportaba mirarla. Se enfadaba cada vez que volvía a dañarla. Se enfadaba con ella y consigo mismo. Se enfadaba cada vez que ella lloraba y lloraba tanto que el agua de su cuerpo desbordaba la casa. Se enfadaba cada vez que ella le perdonaba. Entonces la lavadora daba vueltas mientras ellos gritaban. Dejaron aparcados los viajes y dejaron de darse las gracias, prometiendo retomar las oportunidades perdidas cuando llegara la calma. Pero nunca las retomaron. Él comenzó a dejar las espinacas en el plato. Comenzó a hacer cosas así, cosas insignificantes. 

- ¿Y que ocurrió entonces?

- Entonces él comenzó a sentirse ahogado. Le decía que se sentía ahogado, le decía que no podía respirar. Le decía que no podía respirar si estaba cerca de ella. Le decía que no podía respirar dentro de esa casa. Había demasiado amor, quizás, demasiadas lágrimas y muy poco oxígeno. Y entonces él comenzó a alejarse, sin hacer mucho ruido, sin que apenas se notase. Ella no se había dado cuenta, pero la casa se había convertido en una pecera demasiado pequeña como para que nadaran dos. 

- Pero, si la amaba tanto, ¿por qué se sentía ahogado?

- Porque existía un mundo enorme allá afuera. Porque existía un océano de miles de posibilidades, un océano con muchos más peces. Ella era solo un pez, ¿me entiendes?. Entonces él se fue y ella se quedó en el fondo de la pecera. Se quedó en el fondo de la pecera porque estaba sola. Se quedó en el fondo de la pecera porque no conocía ni quería conocer nada de ese otro mundo de afuera, ese otro mundo que era tan grande. Dejó de dormir. Dejó de comer. No salió de la casa, de la pecera, durante casi una semana. Ya no se sentía segura, para ella ese otro mundo era un mundo de presas fáciles, un mundo de tiburones y de barracudas. Se quedó en el fondo de la pecera por eso, dándose golpes contra el cristal, dándo vueltas en círculos.

- Pero, ¿y entonces que pasó?

- Y entonces... Entonces él lo olvidó todo. Olvidó todo muy rápido. Olvidó todo porque de pronto tenía memoria de pez. Olvidó todo, como si ellos nunca hubieran existido. Olvidó cómo era la cara de ella. Olvidó como era su risa. Olvidó como era su respiración cuando la tocaba. Olvidó como era la casa. Olvidó la lavadora dando vueltas. Olvidó los viajes. Olvidó dar las gracias. Olvidó el sabor de las espinacas... Olvidó cada una de esas pequeñas cosas que prometió no olvidar nunca.

- No sé qué decir… ahora, ahora creo que lo recuerdo 

- ¿Ahora lo recuerdas? 

- Sí... Recuerdo todo, recuerdo la pecera, recuerdo que éramos nosotros...


domingo, 14 de mayo de 2017

Amores perros


Me he llenado la boca de odio como si el odio doliese menos y el asco no fuese el peor de los compañeros de cama, cuando duermes sin sueños. Fumo por ignorarlo y presumo de golpes en donde antes lo hacía de besos. Menos mal que es tarde. Que de ausencia nadie se desangra y que yo nunca aprendí a morderme la lengua. 

Quien dice que el mar está lleno de peces no sabe que yo ya he ahogado mis sentimientos y he vaciado los restos de tu saliva en demasiados vasos con hielo. Ardiendo.
He cerrado un capítulo como quien abre una herida, nueva. He matado de hambre al amor porque muerto el perro la rabia no se acabó y esa pistola me la pusiste tú en el pecho. Si lo escuchas ladrar algún día de estos, será solo por esa vieja costumbre de lamer al primero que pasa y creerse con dueño. 



Se va a quedar al otro lado de la puerta de la indiferencia, exactamente igual que yo. Lejos, aguantando el chaparrón
y en los hues

sábado, 6 de mayo de 2017

El número dos


''Yo… yo solía darte largos discursos después que te fuiste. Yo solía hablar contigo todo el tiempo, a pesar de que estaba sola. Caminé durante meses, hablándote. Ahora no sé qué decir. Era más fácil cuando sólo te imaginaba. Incluso te imaginé hablándome de nuevo. Solíamos tener largas conversaciones, los dos solos. Era casi como si estuvieras allí. Podía escucharte, podía verte, olerte. Podía escuchar tu voz. A veces, tu voz me despertaba. Me despertó en medio de la noche, como si estuvieras en la habitación conmigo. Entonces… poco a poco se desvaneció. No pude imaginarte más. Traté de hablarte en voz alta como solía hacerlo, pero no había nadie allí. No podía oírte. Entonces… todo se puso de cabeza. Todo se detuvo. Tú sólo… desapareciste. Y ahora estoy trabajando aquí. Escucho tu voz todo el tiempo. Cada hombre tiene tu voz.''

-Paris, Texas


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Querida (des)conocida:

Mi vida cuelga de aquel mensaje que no llegué a escribirte. Tengo trabajo atrasado y dos llamadas perdidas que se están agarrando a mi memoria. Diría que les han salido uñas. Quizás es eso. Siento que esta ciudad es una ciudad distinta. Amanece y anochece por costumbre, las calles están llenas de gente alegre y las paredes de rasguños. Aquí ya no queda ni una sola señal de tu boca. Lo sé bien, porque cuando más necesito escucharte, es tu buzón de voz el que me lo repite con un hilo de vergüenza.

No te gustaría nada verme así. Supongo que he envejecido prematuramente, que este tiempo lejos de tus piernas se ha convertido en siglos. Desde entonces me he esforzado por no caer en la locura, ya sabes, en la medida en que siempre evité mirarme en los espejos. Desde entonces tropiezo con tu reflejo una media de cinco veces al día. Tu ropa sigue perfectamente doblada en un cajón que me prometí no volver a abrir. Del resto de tus huellas me deshice como pude. Ya no disfruto de las noches de cine ni hay helados de chocolate en el congelador. Tu libro lo he dejado a medias. No puedo imaginar un final peor.

No te lo dije, pero me acuerdo perfectamente de la primera vez que te vi. No sé por qué me acuerdo de eso. Fue hace más de dos años. Dos años como si hubieran sido dos meses. Cuando todavía nuestro día no era un dos. Cuando todavía éramos dos y no uno. No sé si fue a las dos de la madrugada. De eso no me acuerdo. Pero sé que fue un solo beso, un día dos, cuando habían pasado ya más de dos años. Debieron pasar dos minutos que parecieron dos horas. Los dos días en los que se jodió todo. Debí sentir que fueron dos décadas, cada día que no te tuve cerca mío. No hablo de números. Ni de kilómetros. Hablo de cada puto silencio multiplicado por dos. 

Alguien ha debido decírtelo. He intentado empezar de cero, me he despertado cada mañana con el automatismo de una máquina de feria, procurando mantenerme ocupado, que esta vez mis manos fueran más rápidas que mi cabeza. He hecho cambios en la casa. Compré muebles nuevos y pinté las paredes de un color que odiarías. Después de ti parecía una zona de guerra. Después de todo, sí. Después de ti, he estado perdiendo el tiempo. He estado yendo y viniendo como el que siempre llega tarde a las oportunidades para ser feliz que le da la vida. 

Por las noches soy invisible. Bebo como cualquier otro idiota en esta ciudad en la que ya no brillas por las plaza. Pero el alcohol no es más que el consuelo de hallar placer en la auto compasión. Últimamente, también he estado sonriéndole a otras mujeres, por costumbre, por cobarde. No es ningún secreto, a ratos consigo soportarme. A ratos, la barra del bar deja de ser un abismo y esta libertad sin ti me da un respiro y me olvido de que en otra parte todavía existes. Es lo irónico de la libertad, desde que no estás, ya no he vuelto a necesitarla.  

Hoy he pensado en tus ojos tristes y en el miedo que me hacía atarme un nudo en la garganta.Supongo que no me creo la ausencia. Que en cualquier momento al levantar la mirada lo que es espero es verte ahí tumbada, en ese hueco vacío, con tu pelo insaciable sobre la almohada, tu risa ronca de por las mañanas y tus manos nerviosas, las de siempre, acariciándome el cuello. Buscando cómo hacer magia sobre mi cuerpo cansado. He pensado en la última vez que te vi. Deseándote suerte, como si la necesitaras. Pidiéndote que te cuidaras, como si fueses a hacerlo. 

Hace poco me acordé de ti al leer un artículo de mierda en una web de mierda. Hablaba sobre el síndrome del miembro fantasma. Sobre esa dolencia de creer que una parte de ti que ya te han quitado sigue conectada a tu cuerpo. Que el cerebro ejercita esa cruel habilidad de recordarte cómo se sentía exactamente aquello que no volverás a tener. Por eso dejé que me abrazaras así, la noche de tus poemas y de tu invierno interminable. Aquella noche en la que me abrazaste y sentí huesos en mi cuerpo que jamás había notado que estaban ahí. Partes de mi cuerpo que pensé que no me harían falta nunca. 

Recuerdo el sonido de tus tacones alejándose y el portazo a las puertas de mi vida. El portazo antes de tiempo. Cuando la felicidad todavía nos tenía reservado un futuro de grandes esperanzas. Cuando la felicidad se quedó a medias. A medias, porque la última vez que haces el amor con alguien no puedes saber que va a serlo. Porque ni tú ni yo lo sabíamos. Pero esta semana he desordenado tus fotos como si no destruyera todo lo que toco y he temblado ante la idea de que te toque alguien más. 


Pd 1. El amor no habría sido suficiente y el olvido seguirá siendo un lastre. Como ese familiar que tienes que tolerar por quedar bien. Ese es el problema, te llevo en la sangre. Y cuando llevas algo en la sangre el olvido es una puta y las cuestas se hacen más dolorosas que las esquinas. Sé muy bien de lo que hablo. Ojalá no lo entiendas nunca. 

Pd 2. Si pudiera dar marcha atrás y volver a aquel noviembre, por ti me arriesgaría de nuevo. Por ti lo volvería a hacer todo otra vez. Fracasaría mejor. Triunfaría mejor. Volvería si pudiera.

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Querido (des)conocido: 


Mi vida ha dado un vuelco y ya no encaja en ningún sitio. Tengo espacio de sobra en donde solías estar tú y palabras que no me sirven ni para escribir dos líneas. Apuesto a que es eso. Si te digo la verdad, apareces en mi calma y mi silencio, pero en las voces de los otros te evaporas. Supongo que ahora el tiempo se niega a hacerme más favores. Que esta ciudad se ha convertido en una foto fija en la que caigo de cabeza, me pregunto cuántas veces tengo que comer asfalto para que no duela. 

Lo habrás escuchado por ahí. He fingido cada día ser una persona nueva. He aprendido sin que nadie lo note a ponerme tu máscara, aquella del orgullo y de la indiferencia. De puertas para adentro es otra historia. La locura no me importa y mi casa aún parece una trinchera. Los pasos que diste me los sé de memoria y no, no los borra ni la lejía ni el amoniaco. Desde entonces esto es lo que hago, me he dormido en el sofá para evitar el lado vacío de la cama y me he cortado el pelo para no recordar tus manos enredándose entre las puntas. Es ridículo, lo sé bien. A veces es imposible poner punto y final en donde siempre hubo un punto seguido. 

Yo tampoco te lo dije, pero el dos es mi número de la suerte. Nunca tuve mucha suerte. Nunca aposté demasiado por nada ni por nadie. Nunca creí en la suerte hasta que un día dos, fue precisamente el número dos el que hizo toda la diferencia. Hasta que fue alguien más quien apostó por mí. Escribí un relato titulado ‘’mi suerte’’ pero la realidad es que estaba hablando de ti. Escribí ''a veces tienes que dejar que llueva sobre mojado. Pero no me dejes a oscuras. Prende esta luz con los dientes. No olvides recordarme que sigo aquí'' pero la realidad es que estaba hablando de ti. También estaba hablando de mí. De largos periodos con la luz apagada, de viajes en círculos y maletas y ni una sola mano a la que agarrarme antes de que aparecieras y decidieras quedarte. 

Desde que te fuiste el círculo se ha hecho más pequeño y todos los viajes son solo de ida. Debes saberlo. Desde que no miro mi cara a través de tus ojos, a veces la odio cuando me paro ante el espejo. Por sus ojeras invariables, por su dificultad para sonreír. Pero tú has sonreído tanto que casi me olvido de todo eso. Con tu media sonrisa burlona, contenida. Con tus manos frías como puertos de madrugada, tu aliento en mi nuca y la paciencia de tu piel en mi cintura hasta lograr que esta insomne obstinada se durmiera por fin. 

Conozco bien ese miedo del que hablas. Supongo que no quería asustarte. Supongo que sabía que ya estabas asustado. Que todos estamos asustados pero que tú lo estabas más. Aunque fueses el chico más valiente del mundo. Supongo que a mí también me asustaba no llegar a entender las cosas que te asustaban a ti. Cosas con las que tendrías que vivir siempre. Cosas que, a diferencia de mí, no podrías borrarte de la piel por mucho que quisieras. 

Después de todo, no quería reconocer que también estaba asustada. Que me asustaba no estar a tu altura. Que no quería fallarte. Que cualquier día vieras que era una persona y no una idea. Que no era la persona perfecta de la que te habías enamorado, aquella que estaba dentro de tu cabeza. A mí también me asustó la pérdida de esa pierna imaginaria. Una pierna que esta vez era la mía. Tú también eras una extremidad en ese momento. Todavía lo eres. Lo seguirás siendo siempre. Pero sí que se puede vivir sin un brazo o una pierna. Sí que se puede vivir sin ti. Aunque eso no sea vida, sino supervivencia. Pero nadie quiere ir por el mundo sin su punto de apoyo. Sin ser capaz de sostener las cosas importantes entre sus dedos, de apretarlas contra su pecho.

Me he despertado pensando en aquellos días. Me he despertado imaginando tu respiración en el cuerpo de otras, rebobinado en bucle hasta esa última a vez que estuviste conmigo. Deseándome suerte, como si no te necesitara. Pidiéndome que me cuidase, como si supiese cómo hacerlo. Ni siquiera te culpo de esta sed. Mi lengua se ha cansado de lamer heridas mientras que este país se va a la mierda y tú te haces cicatriz. Me gustaría decir que ya no dueles, que sigo sobria y que solo eres piel muerta sobre la nueva. Pero lo cierto es que desde que dejaste la vida en pausa, pienso en tus manos varias veces al día y me corro con vergüenza. 

Hoy he tirado la primera piedra sobre la casa en ruinas, he esperado en la sala de espera de la pesadilla esperando sin esperar que nadie me despierte. Me echo de menos como quien se abandona a la mirada de muchos, aprendiendo a convertir la rabia en sexo y el sexo en un premio de consolación. Te lo puedo explicar. El dolor es la enfermedad de siempre y la cura una mentira universal. Me voy a quedar aquí, quieta y desecha. Con la culpa en la boca por si quieres un beso. Y con la despedida de los cobardes en los pulmones, por si tocas a la puerta. No vuelvas tarde, que he confundido soledad con amor propio y he dejado el corazón entre las piernas. Si me tocas, lo escucharás: desparezco. 


Pd 1. El amor no es eso y del olvido mejor ni hablar. Adiós es una palabra demasiado grande. Decirse adiós es no volver a existir de esa forma nunca más. Y yo me he olvidado tanto de mí misma, que perderme al final ha resultado ser un alivio. Volveré a encontrarme cualquier día de estos lejos de aquí. 


Pd 2. Si a mí ahora alguien me concediera dos deseos, lo que pediría serían dos frases. Solo eso. Dos frases con las que empezar de nuevo. Como si nunca antes nos hubiéramos conocido. Dos frases con las que pudiera recuperarte. Me darías dos besos debajo del reloj de la plaza. Una palabra, una pausa de dos silencios:


-   Eres lo mejor que todavía no me ha sucedido
-   Te prometo que esta vez no va a terminarse

miércoles, 19 de abril de 2017

Instrucciones para mirarte por dentro

''Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante''

- Poesía completa, Alejandra Pizarnik




Te miro de la única forma en la que sé mirarte
Te miro por dentro y veo que nacen de ti paisajes
que son mucho más hermosos de lo que piensas
Paisajes, para así volcar el calor de la noche sobre los huesos
para arrancarnos de la rutina y de los malos pensamientos

Y te miro por dentro
Te miro por dentro porque es la única forma en la que puedo
porque antes no sabía cómo mirar
Porque me reservas el aire de tus pulmones para cuando no estás
porque siempre estás de vuelta

Y a veces te miro así
Con el amor vehemente de quien lleva una bandada de pájaros en el pecho
o una jauría de perros, ladrando lejos de tu oxígeno
Con el odio benévolo de quien solo puede querer, sabiendo que se equivoca
que cada lección aprendida es un vuelo de regreso hacia nosotros

Y te miro por dentro porque es lo mejor que sé hacer
Y te miro todo el tiempo
Y aun así sé,
que la duda es la palabra que más pesa
que mi lengua se arrincona junto a la tuya
para callarnos cada miedo, para darnos un motivo más para crecer

Para creer, también 
En esa clase de felicidad que se abre de piernas y no deja que el corazón se enfríe 
acercando el verano de repente
Y no lo entienden
No lo entienden porque no es fácil, porque no es perfecto 
y porque no saben que prefiero la libertad contigo a cualquier otra realidad 

Te miro por dentro y veo eso
Eres eso
Una oportunidad
La puerta de entrada a mi felicidad 

domingo, 5 de febrero de 2017

Mi suerte

Mi suerte cambia de forma constantemente. A veces es como un cielo amplio cuando por fin aparece el Sol de entre las nubes. Otros días es la nube. Hay veces en las que diría que se me escapa. Fechas precisas, días tachados en el calendario de las promesas incumplidas. Pero otras veces mi suerte es tan grande que toco algo parecido a un hogar. Y entonces me quedo dentro. 

Mi suerte tiene nombre propio. Necesita de ti. Porque para sobrevivir es necesario sentir al menos una vez al día que queda algo de belleza en el mundo por la que vale la pena morir. Porque hacen falta años de mentiras y de encuentros solitarios para que una sola verdad penetre en carne y hueso. Sabes, si quieres puedes tomar esta intimidad herida a la que llamamos autoestima. Inventarme un futuro vulnerable pero libre de complejos. En el que no falten días en los que empezar este calendario desde el principio y días en los que un nuevo Sol de terciopelo nos salga por sorpresa.

Verás, hay batallas que nunca podríamos ganar y eso está bien así. Como ese asunto inevitable de las nubes que están sobre mi cabeza. Lo sé. A veces tienes que dejar que llueva sobre mojado. Pero no me dejes a oscuras. Prende esta luz con los dientes. No olvides recordarme que sigo aquí. Y si me permites el atrevimiento, quédate. Echa raíces dentro de mi cuerpo. Entierra tus manos cerca de mí, y cuando la encuentres de frente, sonríele a mi suerte. 

Seguirá aquí. 

miércoles, 25 de enero de 2017

Promesa

Promesa
Del lat. Promissa, pl. de promissum.

1.f. Expresión de la voluntad de dar a alguien o hacer por él algo.
3.f. Augurio, indicio o señal que hace esperar algún bien.



Lo que puedo prometerte es ese algo que todavía no existe
como el hogar tibio que ahora se abre espacio en mi pecho
como la suerte que hoy construye una historia en voz alta
con todas las palabras que un día no llegué a escribir por temor o vergüenza

Lo que puedo prometerte no es un callejón ni un atajo
Pero puedo prometerte estas manos y un verbo conjugado en presente
ante el que la realidad de la calle sentiría celos
y ante el que cualquier pasado se le quedaría pequeño

Lo que puedo prometerte es cuerpo y saliva
siempre cerca de tu boca, no como la frase que pesa en la lengua
no como el viento que cuartea la vida
sino como la piel que cicatriza
Después de todo, todo lo que puedo prometerte es eso: paciencia
Y días en los que no falten ni pijamas ni vino cuando tiemblen las piernas

Lo que te prometo por adelantado es una disculpa en vez de un silencio
para cuando las agujetas de la felicidad ya no duelan en la mandíbula
y que la gravedad no olvide recordarme que existes
cada vez que mis pies se levanten demasiado del suelo

Lo que puedo ofrecerte enteramente es mi tiempo
Debes saber, mi tiempo a veces se escabulle igual que un gato egoísta
no sabe hablar de para siempre ni de hipotecas
Mi tiempo es vulnerable
pero hasta que quieras quedarte, es igual de mío que tuyo
ha abierto ventanas y ha dejado tu nombre en la puerta
ha dejado un hueco en el colchón para que quepas
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