miércoles, 14 de junio de 2017

La pecera




''Benditos sean los olvidadizos pues superan incluso sus propios errores''

-Eterno resplandor de una mente sin recuerdos  



***


''Jouska: una conversación hipotética que surge compulsivamente una y otra vez en tu cabeza'' 





- Me gustaría contarte una historia 

- ¿Qué tipo de historia?

- No es una historia fácil de contar. Es el tipo de historia que normalmente suelo escribir

- Me encantaría escucharla, las historias que escribes son las historias que más me gustan

- Verás, esta es una historia sobre dos personas. Esta es una historia sobre dos personas que se inventaron un mundo nuevo que era solo para ellos y lo inventaron dentro de una casa. La casa no tenía más de cincuenta metros cuadrados. Era una casa muy cálida para el invierno. Tenían mantas de sobra y siempre había comida al fuego. Fumaban mucho. Bebían mucho. Follaban de día y de noche. Follaban todo el tiempo y luego se quedaban dormidos y luego todo era fácil. Y luego todo era tan fácil, que hasta las cosas más pequeñas y rutinarias parecían una aventura. Las cosas más normales que te puedas imaginar, era como si lo estuvieran viviendo todo por primera vez. Cosas como poner una lavadora, planear viajes, darse las gracias o desayunar espinacas cada mañana.

- ¿Cómo eran ellos? Quiero imaginarme cómo eran 

- Eran felices. Eran muy felices. Él era guapísimo e inquieto, se le notaba sobre todo en las manos y en los ojos, sudaba mucho y le costaba mantener el contacto visual con ella porque se sentía intimidado. A veces tenía un carácter de mierda, pero a ella que encantaba que tuviese tanta sangre en las venas, la forma en la que se revelaba, así le recordaba la parte no dolorosa de lo que era sentirse viva... Ella era preciosa y muy inteligente, él se lo decía siempre. Le decía que era demasiado preciosa e inteligente para su propio bien. Tenía unas manías un poco extrañas, unas manías que a él le hacían mucha gracia. A él le gustaba su intensidad, la pasión que le ponía a todo lo que hacía. ‘’Sabes hacer de todo y lo haces todo bien’’, eso le decía. Le gustaba que hablase todo el rato sin parar y que tuviera una respuesta para cualquier tema de conversación. Podían pasarse horas desnudos. Podían pasarse horas hablando. Afuera podía salir el sol, podía llover o nevar, pero la casa era un refugio.

- Él la quería, ¿verdad?

 - Sí, claro que la quería. Él estaba muy enamorado de ella.  La amaba con esa clase de amor que no se ve por la calle. La amaba con esa clase de amor que ni siquiera existe en los libros o en las películas. Él estaba loco por ella, sabes. Hacía cualquier cosa por ella. Incluso una noche, le prometió que la querría siempre. Se lo prometió a viva voz y luego, un poco más tarde, se lo prometió debajo de las sábanas, temblando, como si fuera un crío escondiéndose del hombre del saco. Y después de eso ella no pudo dormir en toda la noche, porque no sabía qué hacer con tanta felicidad.  

- Cuéntame más. Suena maravilloso. 

- Sí, era maravilloso. Fue maravilloso durante un tiempo. Pero un día llegó el calor al mundo de afuera y dentro de la casa comenzó a hacer frío. El frío les pilló por sorpresa. Entonces él comenzó a desconfiar de todo. Comenzó a cuestionarse el amor que ella sentía. La imagimaba con otros y eso le llenaba de ira. Veía monstruos donde no los había. Veía monstruos porque tenía un miedo horrible a perderla. Y la perdió. Bueno, casi la perdió. Ocurrió algo, algo se rompió. Él había roto algo y aquel mundo se separó por la mitad, pero siguieron juntos. Porque eso es lo que hacían siempre, recoger pedazos rotos del suelo y pegarlos entre los dos. Hubo muchas disculpas y muchas promesas entonces. Siguieron adelante y durante un tiempo creyeron que todo había vuelto a ser tan fácil como antes. Pero luego volvieron los monstruos. Luego volvieron los monstruos porque realmente siempre habían estado allí...

- No lo entiendo, ¿por qué no pudieron arreglar eso que se había roto?

- Él había cambiado. Ya no le divertía escucharla. Ya no pensaba que fuese perfecta. Ya no pensaba que fuese preciosa e inteligente. Ahora solo podía verla como una persona triste. Entonces él comenzó a odiar sus manías. No soportaba mirarla. Se enfadaba cada vez que volvía a dañarla. Se enfadaba con ella y consigo mismo. Se enfadaba cada vez que ella lloraba y lloraba tanto que el agua de su cuerpo desbordaba la casa. Se enfadaba cada vez que ella le perdonaba. Entonces la lavadora daba vueltas mientras ellos gritaban. Dejaron aparcados los viajes y dejaron de darse las gracias, prometiendo retomar las oportunidades perdidas cuando llegara la calma. Pero nunca las retomaron. Él comenzó a dejar las espinacas en el plato. Comenzó a hacer cosas así, cosas insignificantes. 

- ¿Y que ocurrió entonces?

- Entonces él comenzó a sentirse ahogado. Le decía que se sentía ahogado, le decía que no podía respirar. Le decía que no podía respirar si estaba cerca de ella. Le decía que no podía respirar dentro de esa casa. Había demasiado amor, quizás, demasiadas lágrimas y muy poco oxígeno. Y entonces él comenzó a alejarse, sin hacer mucho ruido, sin que apenas se notase. Ella no se había dado cuenta, pero la casa se había convertido en una pecera demasiado pequeña como para que nadaran dos. 

- Pero, si la amaba tanto, ¿por qué se sentía ahogado?

- Porque existía un mundo enorme allá afuera. Porque existía un océano de miles de posibilidades, un océano con muchos más peces. Ella era solo un pez, ¿me entiendes?. Entonces él se fue y ella se quedó en el fondo de la pecera. Se quedó en el fondo de la pecera porque estaba sola. Se quedó en el fondo de la pecera porque no conocía ni quería conocer nada de ese otro mundo de afuera, ese otro mundo que era tan grande. Dejó de dormir. Dejó de comer. No salió de la casa, de la pecera, durante casi una semana. Ya no se sentía segura, para ella ese otro mundo era un mundo de presas fáciles, un mundo de tiburones y de barracudas. Se quedó en el fondo de la pecera por eso, dándose golpes contra el cristal, dándo vueltas en círculos.

- Pero, ¿y entonces que pasó?

- Y entonces... Entonces él lo olvidó todo. Olvidó todo muy rápido. Olvidó todo porque de pronto tenía memoria de pez. Olvidó todo, como si ellos nunca hubieran existido. Olvidó cómo era la cara de ella. Olvidó como era su risa. Olvidó como era su respiración cuando la tocaba. Olvidó como era la casa. Olvidó la lavadora dando vueltas. Olvidó los viajes. Olvidó dar las gracias. Olvidó el sabor de las espinacas... Olvidó cada una de esas pequeñas cosas que prometió no olvidar nunca.

- No sé qué decir… ahora, ahora creo que lo recuerdo 

- ¿Ahora lo recuerdas? 

- Sí... Recuerdo todo, recuerdo la pecera, recuerdo que éramos nosotros...


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