miércoles, 2 de agosto de 2017

Atlántico



El mar se te mete bajo la piel. 

Es asombroso lo fácil que un cuerpo puede llegar a hundirse. A veces creemos caminar sobre las aguas, luchamos, arañamos la superficie, pero finalmente nos rendimos, olvidamos incluso que un día respiramos en tierra firme. 

Los silencios de la noche se condensaron al alba. El amanecer de hoy se pareció demasiado al de ayer, un amanecer limpio y brillante en el que las gaviotas invadían la playa mientras que el salitre comenzaba a penetrar con argucia en las casas de los alrededores del puerto. Aún es pronto, al menos ahora se puede saborear aire fresco, zafarse del aroma de las algas y del alquitrán que luego impregnará estas calles, cuando la tarde se recoja. 

El día ha ido avanzando conforme a la exigencia de los relojes, quedando envuelto en una atmósfera azul añil. Tengo el estómago vacío, probablemente un poco de fiebre. Observo el mar desde una distancia prudente. La corriente discurre con violencia, el viento alborota mi cabello, remueve la finísima arena confiriéndole el aspecto etéreo del marfil. Escucho voces, risas de niños, deben estar cerca pero mi vista no les alcanza. 

Desde que estoy aquí, el mar cuida mis pasos y vela mis sueños, me ofrece su dócil arrullo y una impasible morada de carne, huesos, cartílagos, como si de pronto hubieras vuelto a nadar a través de mis venas, a nadar a través de mi sangre. 

Hoy el mar burbujea dentro de mí. 

En una ocasión visité el Mar Muerto. Era muy joven todavía y no pensaba en el futuro. Por aquel entonces no logré comprender la atribución de ese calificativo a una naturaleza tan despierta, incandescente en la lengua, pero que no poseía la fuerza suficiente para tragarte vivo. Antes me preguntaba cómo podía estar muerto un paraje en donde parecía imposible ahogarse de dolor. 

Con los años aprendí, sin embargo, a moverme en aguas bravas y desconocidas y que en algún lugar las heces, la basura y los espermatozoides se encuentran y fluyen hasta el mar. Lejos de los placeres, lejos de civilizaciones míticas que según las historias infantiles yacerían sumergidas. 

Mi matriz se ha marchitado como un higo seco. Soporta inmóvil el azote del viento y las consecuencias desoladoras de la erosión, tan solo es una masa rocosa en medio del océano. Mi vientre es un vientre de sombras. No permite que la luz pase a través de estas manos. Diría que me falta calor, que quizás necesito equilibrio.

Sigo postrada ante el mar, descalza. Sé que hoy el mar también te hablaría. Hoy hubieras cumplido un año. Si tú hubieras nacido, pequeño, te habría llevado de la mano hasta la orilla. 

Hoy por fin la marea estaría en calma. 

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